Eliud Kipchoge got me mad

Luis Arribas escribe sobre el INEOS 159 Challenge en el que Eliud Kipchoge consiguió bajar de las dos horas en maratón.
Luis Arribas -
Eliud Kipchoge got me mad
Eliud Kipchoge tras conseguir bajar de las dos horas en maratón | INEOS 159 Challenge

Miren, si de algo ha servido el intento de Eliud Kipchoge sobre las dos horas legendarias (ahora veremos si infructuoso o exitoso), ha sido para levantar un fabuloso torbellino de opiniones. Quédense con esto. Entre estas, y casi como contestación personal a una columna que escribe en CTXT mi buen colega Marcos Pereda, inserto cuatro líneas mal contadas al respecto. Un par de apuntes.

Como podrán ver irá todo así, meh, cargado de desgana y en el extremo opuesto a la dictadura del cronómetro, de la hora cincuenta y nueve, de la prisa por acumular lectores el primero. No son mis guerras.

¿Por qué?

Porque yo hace tiempo que me dedico a ver gente correr y a disfrutar de esa biomecánica maravillosa. Arrojé el cronómetro cuando el dos ya era siempre un tres en mis maratones y cuando se cruzaron en mi vida amor, ocupaciones profesionales y, finalmente, los años. Que era lo que me impedía que los treses fueran doses. Y a medio mundo parece costarle soltar un dos y entrar en un tubo de luz en el que reina un uno.

Hay que entender que pertenezco a los columnistas que hablan de la brisa del viento, del goterón de sudor. Dibujamos trazos de historias y de sentimientos que hay detrás del minuto y el segundo. A veces agrupamos trazos de historias tan lejanas al atletismo que rescatan solamente un significado. Si Roger Bannister consiguió los cuatro minutos de la milla es accesorio porque la historia va de una Gran Bretaña en reconstrucción. Escribimos sobre un valenciano genial que pintaba desde la ventana de un hotel el paso de un maratón en Nueva York, aunque importaba relativamente si fue un maratón o una carrera de veintiséis kilómetros.

Desgrano tirando de este hilo de los doses porque el otoño de 2019 ha sido el otoño de las noticias y del debate del atletismo. El deporte rey que nadie ve pero del que todo el mundo escribe. Este otoño luce, pardo él, la más que nunca gigantesca brecha que existe entre el gran deporte donde más alto se salta, más fuerte se lanza y más rápido se corre y, gordinflas y feliz, el hobby adaptado a millones de cuerpos. Una brecha tan grande que salta de lo emocional y pasa a dimensiones políticas. La balanza donde se insiste colocar el atletismo y la afición a correr. La pureza contra el running. Como si fueran necesariamente antagonistas, cosa que da para otro análisis.

Eliud Kipchoge got me mad

Eliud Kipchoge durante el reto en Viena | INEOS 159 Challenge
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Este otoño las opiniones se agitaron más que nunca. Los gobiernos del petróleo que mueven los hilos de los organismos internacionales habían untado de manteca de tal manera las altas instancias que en tres años se celebran Campeonatos del Mundo de Atletismo y Copa del Mundo de Fútbol. Doha, no-ciudad de neón y viento liliáceo, resultó albergar el mejor, quizá, Campeonato del Mundo cronométricamente hablando. Y yo vuelvo a la brecha. En el sofá de nuestra casa global (la victoria del salón digital) los espectadores nos agrupábamos en los que se mesaban los cabellos ante las marcas conseguidas y los de la mano en el mentón intentando entender, desesperados, qué era aquel show.

Y las plumas se centelleaban como floretes.

En ese momento, Marcos, todos sabíamos cuál era el propósito de los campeonatos. Su génesis y sus mecanismos entre bambalinas. El atletismo debía decir alto y claro que allí había que coronar y reinar a los mejores del bienio (desde 1983 cada cuatro, dos desde Tokio 1991). En un marco reglado, batido por el aire acondicionado y que ponía las vallas del 400 a tres pies de alto y con calles separadas por líneas de cinco centímetros de ancho y que no se deben pisar. No more, no less!.

Eliud Kipchoge got me mad

Aficionados en Kenia con un retrato de Eliud Kipchoge | INEOS 159 Challenge

Mientras, el equipo bajo mecenazgo de Nike y Nationale-Nederlanden desgranaba los detalles de dónde y cómo se atacaría de nuevo ese tope cósmico de correr un maratón en 1h59.59. Y todo aquello de repente empezaba a ser posible, con sus reglas particulares. Tanto, que un ser humano fue capaz de correr como pocos habían visto.

Y los floretes se volvieron llamaradas de fuego.

Me gusta, Pereda amigo, que te hayas atrevido a mencionar el propósito del deporte. Aunque en el artículo queda sin asomar tu definición de ese propósito. Ampliaré desde mi visión periférica de columnista del gesto.

Un bello propósito del deporte del correr, saltar, lanzar, del atletismo en sus otras especialidades, es la exhibición total del cuerpo humano. La muestra al público de las capacidades. Y hoy vivimos disparados hacia las posibilidades que nos da la tecnología de la comunicación para acercarnos a esa finalidad. Más que nunca. Se acabó esa pena de que ver marchar, impotente y de pie en la acera, el paso de un pelotón ciclista o de grupos de corredores a pie. En bucle si queremos, en pantalla gigante y cámara super lenta o en la palma de nuestra mano, como si fuéramos dioses manejando el mundo, podemos explotar al máximo la estética del gesto.

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Ver, saborear, disfrutar. Me da igual, particularmente, si las liebres son dos o seis y van cayendo con los kilómetros o si se renuevan. El atletismo del más alto nivel me muestra un wolfpack fantástico en el que seres humanos ligeros como pájaros vuelan llevando sus talones hasta el glúteo en cada zancada. Y rebobinar el vídeo sin permiso del entrenador o del manager y hacer que esos gestos floten una otra vez. Que un vallista como Ortega sea una masa ingrávida sobre un obstáculo. Que los sentidos perciban un Kipchoge corriendo igual que se percibe un Matisse o un Tannhäuser o el mejor pincho de tortilla del mundo.

"Las marcas pasan por encima de las condiciones", reflexionas.

Las marcas son la salsa de la medición. Correcto. Y la medición es la ciencia de las condiciones ideales. No sé si quieres decir que hay condiciones de derechas y condiciones de izquierdas. Hay algo irrefutable: INEOS es un inversor en deporte para beneficio mutuo. Va. Digamos que invierte solamente en su beneficio propio. ¿Que ojalá hubiera sido otra corporación?. Te recuerdo que, antaño, alcohol y tabaco hacían posible que el baloncesto o el atletismo fueran deportes conocidos a los niños españoles. Que Larios, Ducados, Marlboro o Ron Negrita financiaron los escenarios del deporte de 1980 a 1990. Que hoy Nike explotará costureros en el Tercer Mundo. Probablemente. El portátil mismo desde el que tú y yo escribimos está hecho sorteando las condiciones laborales europeas.

Yo venía a decirte que el propósito del deporte es que se practique. Si no, que se vea. Y a lo que hemos asistido nos ha tirado de culo.

Te toca.

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Eliud Kipchoge got me mad | INEOS 159 Challenge
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