Corredoras Anónimas: Susana Alfageme

"El primer día que salí a la calle a hacer mis primeros kilómetros con cuarenta años fue el primer día de uno de los cambios personales más importantes que he sufrido tanto a nivel físico como a nivel mental", nos cuenta Susana.
Susana Alfageme -
Corredoras Anónimas: Susana Alfageme
Corredoras Anónimas: Susana Alfageme

Yo fui una niña de pueblo. Los diez primeros años de mi vida en la aldea fui como una cabritilla corriendo por los montes y los prados que había alrededor de mi casa; andaba kilómetros y kilómetros para llegar a cualquiera de los pueblos cercanos o hasta la villa o simplemente cada día hasta la escuela; subía como una exhalación todas las cuestas en una bicicleta que pesaba tres veces más que yo y que sabía volar perfectamente con la melena al viento desde donde estuviera hasta la cocina donde la abuela preparaba un chocolate caliente. Y lo hacía con lluvia, viento, nieve y sol. Entonces no sentía que hacía deporte. Simplemente era mi forma de vivir. Libre como un pajarito.

Cuando llegué a la ciudad, todo mi mundo, verde y azul, cambió de forma radical.

Me costó renunciar a mis alas y las replegué, junto con otras muchas cosas, en el fondo de mi imaginación.

Mi nuevo colegio era mucho mejor, o eso decían los mayores. Más avanzado y acorde con todo aquello que esperaban de mí. Y, sin duda, hoy, visto con la luz añadida que ofrece la distancia en el tiempo, puedo asegurar que no se equivocaron. Acertaron en todo menos en un punto que, sin apenas darme cuenta, resultó ser esencial: mis profesoras de educación física fueron absolutamente nefastas.

Eran unas profesoras de aquellas que, sin ningún tipo de sentido y sin preparación previa, un día cualquiera, te pedían que saltaras el potro, hicieras a la perfección el pino puente o corrieras cincuenta metros en lo que entonces a mí me parecían muy escasos segundos. Y yo, clase tras clase, me estrellaba contra el potro, giraba en el aire como un molino de viento de los de don Quijote sin parecerme jamás ni a un pino ni a un puente y me ahogaba literalmente en el metro veinticinco de la carrera.

Y aún era peor en los deportes en grupo. Toda aquella agilidad de mis primeros años se había esfumado para dejar en su lugar a una niña delgada pero torpe como la madera con que habían construido a Pinocho.

Eso hizo que mis notas de gimnasia bajaran todas mis calificaciones y que mis sensaciones personales en relación con cualquier deporte fueran completamente pésimas. Decidí con todo ese cúmulo de datos, que en aquel momento me parecía totalmente objetivos, que cualquier actividad deportiva no entraba dentro de mis capacidades y, sin ningún margen para la duda, abandoné cualquier opción de intentarlo en toda mi vida posterior.

Hasta que un día esa misma vida me pegó una bofetada de esas que te ponen en tu sitio y del revés.

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Mi madre enfermó muy joven de Alzheimer. Casi todos relacionamos esa enfermedad con personas de una cierta edad pero en nuestro caso le fue diagnosticada cuando ella apenas contaba con cincuenta y ocho años.

El hecho de que mi madre me tuviera con diecinueve años y las múltiples dificultades de todo tipo que tuvimos que superar juntas a lo largo del tiempo que pudimos compartir habían conseguido que nuestra relación fuera mucho más que especial. Sé que cualquier hija podría decir algo parecido de su madre pero en nuestro caso era singularmente cierto. Así que cuando lo que parecía una inicial depresión se convirtió en un diagnóstico tan demoledor todo mi pequeño mundo se vino abajo en un universo de pedacitos minúsculos.

Solo las personas que han estado cerca del proceso de una enfermedad degenerativa de este tipo o de cualquier otro, saben lo dificilísimo que es para el enfermo pero también para aquellos que, de un día para otro, sin apenas transición, se convierten en cuidadores y tienen que aprender a aplicar las mil cosas que nunca habrían querido conocer.

Muy pocas veces se cuida al cuidador. No suele haber manos para tanta necesidad.

En mi caso, aunque conté con ayuda absolutamente imprescindible en el ámbito personal y profesional, yo también terminé enfermando. Mi problema se llamó ansiedad. Me daban ataques que fueron incrementándose en número e intensidad hasta llegar a perder el conocimiento en algunas ocasiones. Pero yo no era consciente.

No podía pensar más allá del día a día de cuidados continuos que requería mi madre. Hasta que un día su médico me sentó, me explicó lo que me pasaba, le puso nombre y puso en mi mano una receta de una medicación que, con independencia de su nombre comercial, calificó como ansiolíticos.

Guardé el papelito bien doblado en el bolso, le di las gracias, me fui a casa como si alguien hubiera encendido un mapa de bombillas en mi cabecita que se negaba a pensar y aquella misma noche hablé con un amigo que sabía que corría habitualmente. Me había comentado tantas veces lo bien que se sentía y me había animado tantas veces a intentarlo que pensé que tal vez ese era por fin el momento de probarlo antes de materializar aquella receta en una dosis diaria de pastillas.

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No tenía ni idea de por dónde empezar así que empezó él regalándome mis primeras zapatillas, mi primera equipación y las primeras pautas. Creo que fue uno de los mejores regalos que me han hecho nunca. Porque no fue un regalo material, me estaban regalando, entera, una nueva forma de entender la vida.

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El primer día que salí a la calle a hacer mis primeros kilómetros con cuarenta años fue el primer día de uno de los cambios personales más importantes que he sufrido tanto a nivel físico como a nivel mental. Empecé en un pequeño parque de corredores de mi ciudad y, de pronto, de parecerme siempre enorme cuando veía correr a los demás, me pareció muy pequeño y necesité más y salí al paseo de la playa y solo paré, cansada y sin respiración, seis kilómetros después. Aunque, pensándolo mejor, en realidad, ya nunca paré.

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Primero fue salir tan solo para recuperarme de las tardes de cuidados y las noches sin dormir, después fueron carreras de cinco kilómetros, de diez y de repente un día estaba cruzando la meta de un maratón. Volví a recuperar mis alas y una buena dosis de autoestima treinta años más tarde.

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Correr me ayudó a eliminar la ansiedad y el estrés, a superar la pérdida de mi madre, a ser más fuerte, a controlar mis impulsos, a ser más ordenada y mucho más constante, a cuidarme por dentro y por fuera, a valorarme, a creer que puedo alcanzar mis pequeños retos, a tener unas piernas estupendas, por qué no decirlo, a conocer a personas maravillosas que me han ayudado tanto a esforzarme y ser mejor, a vincularme a causas solidarias... y a dejar de ser definitivamente aquella niña torpe que sacaba unas notas malísimas en gimnasia.

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Pero, sobre todo, me ha enseñado el increíble valor que tiene el hecho de poder ponerme cada día unas zapatillas y salir a correr sencillamente porque estoy bien.

Casi siempre nos perdemos en preocupaciones absurdas y no valoramos lo verdaderamente importante. Yo, hoy, corro porque puedo. Y me gusta pensar que corro también por los que no pueden hacerlo.

Nos has dejado sin palabras Susana, ¡y menuda fuerza y capacidad de superación nos has transmitido!

Muchísimas gracias por abribirnos tu corazón y contarnos tu historia, ¡muchas felicidades por cada reto, por cada meta, por cada obstáculo que has superado!

No podíamos tener mejor historia para comenzar el año en nuestra sección de "Corredoras Anónimas".

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