Y tú, ¿por qué empezaste a correr?

"En en mi caso, ha ido cambiando la motivación según he ido cumpliendo años", analiza Elisa
Elisa Pérez Garabatos -
Y tú, ¿por qué empezaste a correr?
Y tú, ¿por qué empezaste a correr?

“¿Por qué empezaste a correr?” Es una pregunta que nos hace mucha gente que no entiende que nos guste correr por correr, sin perseguir un balón, sin golpear una pelota, sin lanzar a canasta… Y es que no hay término medio en esto de correr: o te gusta o lo odias, sin grises ni términos medios.

La pregunta en sí no es difícil pero, por lo menos en mi caso, ha ido cambiando la motivación según he ido cumpliendo años, no tantos, ¿eh?

Recuerdo perfectamente por qué empecé a correr. Era finales de junio y en el colegio había una fiesta de fin de curso. Entre muchas actividades, había una carrera donde participaba casi todo el colegio que constaba de dos vueltas a toda la manzana del mismo -sería, más o menos, una milla-.

Yo tenía 8 años y no recuerdo ni la ropa que llevaba ni el día que hacía ni ningún momento concreto. Lo que sí recuerdo es llegar de las últimas con un ahogo e impotencia que no había sufrido en la vida (hacía gimnasia rítmica como deporte) pero con la sensación de que lo podía hacer mucho mejor. Crucé la meta y pensé: “Esto no me vuelve a pasar más”.

Y así le dije a mis padres que me quería apuntar a atletismo. Empecé a entrenar tres veces a la semana en el colegio y el entrenador me dijo que si no quería entrenar con un equipo más en serio, que tenía cualidades. Acepté y pasé a entrenar seis días a la semana. Entrenábamos en un parque que no tenía apenas luces, con raíces de eucaliptos con las que, si no levantabas bien los pies al dar la zancada, te tropezabas; nos cambiábamos de ropa en un banco, sin un servicio a donde ir a partir de las 19:30 porque los cerraban.

Y tú, ¿por qué empezaste a correr?

Y tú, ¿por qué empezaste a correr?

Mis primeras zapatillas fueron una adidas de balonmano. Al empezar a entrenar con este grupo, mi entrenador les dijo a mis padres que tenían que comprarme algo mejor, que podía ir vestida con camisetas de Café Colombia y pantalones de algodón pero que en las zapatillas no se podía nunca escatimar (esa máxima la llevaré hasta que me muera y creo que se merece otro artículo). Así que me compraron unas Kelme de color azul, a mí me parecían increíbles, ¡mis primeras zapatillas de correr auténticas! Debo deciros que no las pude estrenar al día siguiente porque el dependiente me dió dos pies izquierdos y tuvimos que ir a cambiarlas, a pesar de que yo quería ir a entrenar con dos pies izquierdos.

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Seguí entrenando y corriendo desde ese momento hasta mi quinto mes de embarazo y hasta 6 meses después de dar a luz no volví a correr. Fue el máximo período que he estado sin correr en toda mi vida.

Por supuesto, ya no corro para competir ni para sentir que podría hacerlo mejor, ni por mantener la línea o comer de todo, sigo corriendo porque NECESITO correr.

Adoro las diferentes sensaciones que tengo corriendo: esos primeros kilómetros en que tu cuerpo protesta de dolor por tus 40 años dan paso a una subida de endorfinas del trabajo bien hecho.

Corro porque no hay actividad en mi vida que me haga sentir tan bien, quemar la adrenalina y las tensiones diarias, el estrés… es, quizá, mi mejor momento para ser creativa. Mis mejores ideas han surgido saliendo a correr.

¿Y cuando no salgo? Pues me vuelvo un pelín insoportable e irascible, como enfadada con el mundo, como si me faltara algo.

Si os confieso un secreto, he dejado de asistir a algún evento o cena de amigos porque en esa semana el trabajo no me había dejado tiempo para salir a correr. No me avergüenzo de decirlo ni creo que tenga ningún problema. Al final, las prioridades de cada uno son únicas e intransferible. Quizá Groucho Marx podría deciros que si no os gustan, tiene otras, pero las mías son estas. ¿Y las vuestras?

PD: Al siguiente junio volví a participar en la carrera del colegio. Gané.

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