Soy Corredora

Sonríe, soy de las tuyas

Cada vez somos más corriendo, pero cada vez nos saludamos menos. Una mano, un gesto de cabeza, una sonrisa. Pequeños códigos entre quienes compartimos kilómetros que me resisto a perder.

Nerea Ruano

3 minutos

Son dos segundos, una mirada, una mano, un movimiento de cabeza, no hace falta parar ni hablar

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Hay una cosa que me sucede cada vez con más frecuencia cuando salgo a correr: saludo a otro corredor y no obtengo respuesta. A veces ni siquiera me ha mirado, así que difícilmente podía devolverme el gesto. Otras nuestras miradas sí se han cruzado, pero mi mano levantada o mi sonrisa se quedan en tierra de nadie. Y confieso que durante unos segundos se me queda cierta cara de póker. ¿Habrá pensado que le conozco? ¿Que quiero decirle algo? ¿Que estoy intentando ligar? Ni idea.

Antes de seguir, una pequeña excepción. Normalmente escribo pensando en nosotras, en las corredoras, pero esta vez quiero que ellos también se den por aludidos. Porque esto va de todos los que compartimos kilómetros y de una costumbre que, por alguna razón, hemos ido perdiendo.

Quizá me llame especialmente la atención porque también monto en bicicleta y allí sucede justo lo contrario. Te cruzas con otro ciclista y el saludo aparece casi siempre, aunque vaya a varios metros a tu izquierda por el carril contrario. Una mano, la cabeza, cualquier gesto. Incluso cuando alguna vez he entrenado acoplada en la bicicleta preparando un triatlón, con los antebrazos apoyados y pocas posibilidades de moverme, bastaba con levantar dos dedos. El que venía de frente sabía perfectamente qué significaban.

Cuando nos conocíamos sin conocernos

Llevo muchos años corriendo por la Casa de Campo y recuerdo perfectamente una época en la que éramos bastantes menos. Te cruzabas con alguien entrenando y el saludo surgía con naturalidad. No sabías quién era, seguramente él tampoco sabía nada de ti y no hacía falta. Estabais corriendo y aquello parecía suficiente.

Hoy la imagen es muy distinta. La Casa de Campo está llena de corredores y eso, lejos de molestarme, me encanta. Especialmente porque cada vez somos más mujeres. Después de tantos años corriendo, me sigue haciendo ilusión encontrarme a mujeres entrenando y, sobre todo, ver a tantas corriendo solas, algo que hoy forma parte con absoluta normalidad del paisaje de cualquier parque o circuito.

No echo de menos un running minoritario ni pienso que aquello fuera mejor porque fuéramos menos. Lo que sí echo de menos es esa costumbre que parecía venir incorporada al hecho de salir a correr: reconocernos.

No hablo, por supuesto, de ir saludando a cada persona cuando entrenamos por una zona abarrotada. Probablemente acabaríamos dedicando más energía a las relaciones públicas que al propio rodaje, hablo de esos cruces en los que solo estáis tú y la persona que viene de frente. Os habéis visto. Los dos estáis corriendo. Y, aun así, pasáis uno al lado del otro como dos completos desconocidos. Que lo somos, claro. Pero también somos dos desconocidos haciendo exactamente lo mismo.

Quizá por eso a mí todavía me sale de manera instintiva. En recorridos de ida y vuelta o cuando doy varias vueltas a una zona concreta, a veces me cruzo con la misma persona y si veo que está haciendo un entrenamiento rápido, la segunda vez ya me sale un «¡vamos!», un «¡venga!» o un «¡ánimo!». No sé quién es ni qué está entrenando, pero eso es lo de menos.

Dos segundos

No creo que quienes no saludan sean más antipáticos ni que exista una nueva generación de corredores empeñada en ignorar al resto. Seguramente la explicación sea mucho menos interesante: somos muchísimos más, corremos más concentrados en nuestros entrenamientos, pendientes del ritmo, del reloj, de los auriculares o sencillamente metidos en nuestros pensamientos. Y habrá quien nunca haya conocido ese pequeño código porque empezó a correr cuando ya no era habitual.

Pero precisamente por eso me da cierta pena que desaparezca, porque para mí ese gesto nunca ha sido simplemente una cuestión de educación. Tiene algo de reconocimiento y también un poquito de ánimo.

No necesitamos pertenecer al mismo club, llevar la misma camiseta ni correr al mismo ritmo. Uno puede estar terminando unas series mientras el otro empieza su rodaje tranquilo. Puede que tú estés preparando tu primer 10K y quien viene de frente lleve veinte maratones.

Porque son dos segundos: una mirada, una mano, un movimiento de cabeza; no hace falta parar ni hablar. Para mí siempre ha significado algo muy sencillo: te he visto, sé lo que estás haciendo y yo también estoy aquí.

No pretendo iniciar una campaña para recuperar el saludo del corredor ni establecer un protocolo sobre cuándo debemos levantar la mano, tampoco hace falta convertir cada cruce en una demostración de entusiasmo, basta con mirarse a los ojos.

Así que, si algún día nos cruzamos corriendo y te saludo, tranquilo, tranquila. No te conozco, probablemente no quiero decirte nada y tampoco hace falta que pares. Devuélveme el gesto y sigue con tus kilómetros. O sonríe. Soy de las tuyas.

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