En los últimos meses, las redes sociales y las concentraciones invernales han dejado una imagen cada vez más repetida: atletas de élite pedaleando. No hablamos de triatletas ni de duatletas, sino de algunos de los mejores mediofondistas del mundo. Keely Hodgkinson y Niels Laros, dos nombres de referencia en el atletismo internacional, han mostrado sesiones de ciclismo durante sus estancias en Sudáfrica. Probablemente ya lo hacían antes, pero ahora lo enseñan. Y eso no es casual.
Ejemplos en la élite internacional
Niels Laros, entrenado por Tomasz Lewandowski dentro de un grupo de altísimo nivel auspiciado por Nike, ha sido uno de los casos más comentados. Según algunas fuentes, el joven neerlandés ha arrastrado problemas físicos y la bicicleta le ha permitido mantener una alta carga cardiovascular reduciendo el impacto mecánico. Es un uso clásico del ciclismo: entrenar “sin castigar”.
El caso de Keely Hodgkinson es diferente. La campeona olímpica entrena bajo la dirección de Trevor Painter y Jenny Meadows en un grupo también patrocinado por Nike y donde el ciclismo forma parte habitual de la rutina. En ese mismo grupo está Georgia Hunter-Bell, atleta con pasado amateur en el duatlón, para quien la bici no es solo un complemento, sino una necesidad. En su caso, el pedaleo no es una solución puntual, sino una herramienta integrada en la planificación como podemos ver en su cuenta de Strava.
España: una práctica conocida, pero con matices
Si miramos al atletismo español, el uso de la bicicleta no es nuevo. Atletas como Carla Gallardo, Marta García o Yago Rojo la han utilizado desde hace años, aunque generalmente en momentos de lesión, como es el caso de Rojo actualmente, o en periodos no específicos de la temporada: pretemporada, semanas de descarga o fases de base aeróbica. Tradicionalmente, cuando llega el momento de afinar, la bici desaparece casi por completo para dejar paso a los kilómetros a pie.
La pregunta es: ¿qué ha cambiado para que ahora veamos a atletas de máximo nivel internacional integrando el ciclismo de forma más visible y, en algunos casos, más estructural?
El punto de inflexión: menos obsesión con la economía de carrera
Una de las explicaciones más interesantes la da Steve Magness. En uno de sus vídeos recientes, plantea que el entrenamiento cruzado cobra hoy más sentido que nunca por un factor clave: las zapatillas con placa de carbono y espumas de alta eficiencia.
Durante décadas, la economía de carrera fue un pilar sagrado. Mejorarla implicaba correr mucho, repetir el gesto miles de veces y minimizar cualquier distracción que no fuera específica. De ahí el famoso mantra: “para mejorar corriendo, corre”. El volumen de kilómetros no solo desarrollaba el sistema cardiovascular, sino que afinaba la eficiencia biomecánica.
Actualmente, una porción relevante de la mejora de la economía de carrera ya no depende exclusivamente del cuerpo del atleta, sino de las zapatillas.
Pero las nuevas zapatillas han cambiado parte de ese paradigma. Hoy, una porción relevante de la mejora de la economía de carrera ya no depende exclusivamente del cuerpo del atleta, sino del material. Eso no elimina la necesidad de correr, pero sí reduce el retorno marginal de añadir más y más kilómetros solo para “pulir” la economía.
En palabras simplificadas por el entrenador español Marcos Peón, que dirige la carrera como maratoniano de Nassim Hassaous, viene a significar que “lo importante introducir muchas adaptaciones centrales (corazón, pulmones, sistema aeróbico) mediante horas de trabajo alternativo en bici, mantener un buen volumen de carrera semanal y dejar que las zapatillas hagan parte del trabajo”.
Entrenamiento cruzado: mucho más que una alternativa por lesión
Aquí es donde el entrenamiento cruzado —y el ciclismo en particular— gana protagonismo. Como bien ha defendido Kilian Jornet en múltiples ocasiones, practicar otros deportes no es una traición a la especificidad, sino una forma inteligente de ampliar el estímulo y proteger el cuerpo a largo plazo. El propio Jornet es un buen ejemplo: residente en Noruega desde hace años, ha normalizado un enfoque del entrenamiento en el que correr y esquiar (sus deportes principales) conviven con otras disciplinas aeróbicas.
No es casualidad que precisamente en Noruega hayamos visto a atletas de máximo nivel integrar el entrenamiento cruzado como parte estructural de su preparación. Karoline Grøvdal, triple campeona de Europa de cross y campeona continental de medio maratón, ha utilizado de forma habitual el esquí de fondo como complemento a su entrenamiento de carrera. Una disciplina que, al igual que la bicicleta, permite acumular enormes volúmenes de trabajo aeróbico con un impacto mecánico muy reducido, algo clave para atletas que compiten todo el año y necesitan llegar frescos a los momentos decisivos.
La lógica es la misma: acumular un gran volumen aeróbico con un coste mecánico muy bajo. Menos impacto significa menor riesgo de lesión, mejor recuperación entre sesiones clave y la posibilidad de entrenar más horas totales a la semana. Para atletas que ya corren rápido “con poco”, el límite no siempre es cardiovascular, sino estructural. Además, deportes como el ciclismo o el esquí de fondo favorecen adaptaciones centrales muy transferibles al atletismo: aumento del volumen sistólico, mejora de la eficiencia mitocondrial y desarrollo de la resistencia aeróbica sin saturar tendones, huesos y fascias.
¿Moda o evolución lógica?
Que ahora lo veamos más no significa que sea una moda pasajera. Es más bien una evolución lógica del entrenamiento en un contexto nuevo: calendarios cada vez más exigentes (con el consiguiente riesgo de lesión), atletas jóvenes que compiten pronto a alto nivel y una mayor comprensión del equilibrio entre carga y salud.
El boom del ciclismo entre atletas de élite no se explica por una única razón. Es la suma de varios factores: avances en el material, mayor énfasis en las adaptaciones centrales, mejor comprensión del entrenamiento cruzado y una mentalidad menos dogmática sobre la especificidad.
Correr sigue siendo imprescindible. Pero ya no es lo único que importa. En la era de las superzapatillas, quizá el futuro del atletismo pase, paradójicamente, por pasar más horas montado en una bici, haciendo elíptica, aquarunning o practicando esquí de fondo.
