Este es un artículo que probablemente no es muy diferente a otros, pero quizás si habláramos claramente de lo que les sucede a muchos de nuestros niños y niñas podríamos salvarlos de una quema prematura cuando hablamos de sus etapas deportivas y gracias a ello logremos que adquieran un óptimo desarrollo físico y emocional para su futuro, para cuando sean deportistas adultos.
Los entrenadores y entrenadoras que nos dedicamos profesionalmente a esto, vemos constantemente en los entrenamientos y en las competiciones cómo muchos jóvenes practican nuestro deporte casi como lo hacen ya los atletas sénior que disponen de una madurez sólida -tanto física como mental- como para formar parte del alto rendimiento.
Observamos cómo numerosos padres y madres piensan que sus hijos son unos cracks por diferentes motivos:
1) Porque corren más que ellos (si los padres no entrenan, es muy fácil que un niño corra más que ellos y no por ello son fueras de serie).
2) Porque ganan carreras.
3) Porque piensan que si entrenan con dureza y de manera constante serán los mejores del entorno donde residen… Eso , para ellos, justifica que sus hijos realicen entrenamientos realmente exigentes que no son acordes a su edad. Y esto es un mal común que deberíamos paliar por el futuro y bien de nuestros jóvenes a nivel físico, emocional y por ende por su salud a largo plazo.
Pensemos que si un niño con 10-11-12-15 años ahora es campeón de lo que sea, pero a los veinte ya no practica deporte porque está hasta el moño de entrenar con dureza…. será un ENORME FRACASO. Un fracaso que no debe recaer en ellos, sino en los padres y también en los entrenadores por no haberles guiado correctamente, porque lo único que les valía era el éxito del joven deportista a costa de lo que fuera, y logrado sobre todo a expensas de entrenar mucho, con alta intensidad y compitiendo con exigencia.
¿Dónde está ahora fulanit@ que subía constantemente al pódium con 9-13 años? Desapareció del mapa deportivo. Hay muchos casos así. ¡Atajemos esto, está en nuestras manos!
Observamos que los padres y madres inscriben a sus hijos e hijas a cuantas más competiciones mejor, para que ganen más trofeos; les gritan para que corran más rápido, para que alcancen al niño o a la niña que va delante en una carrera, y, en definitiva, desean que sus hijos e hijas sean los mejores de su barrio, de su ciudad, o de donde sea, para luego exponerlos enorgullecidos a su familia, a su comunidad, o en las redes sociales: “Mi hijo es el mejor, es un crack y va a llegar muy lejos”. ¡Menuda equivocación!
Ya se puede entrenar como un profesional que si la genética no está hecha para lograr el máximo nivel mundial… no se alcanzará nunca la élite por mucho que nos empeñemos.
Se prioriza tanto el éxito a esta temprana edad, que el entrenamiento exigente les está plenamente justificado: El padre o la madre les dice tras cruzar la meta victoriosos: “¿Ves como si entrenas duro tienes la recompensa que mereces y por eso ganas?”.
Claro, el chaval o chavala asiente y calla porque que sus padres “tienen razón” y no le queda otra que persistir con firme disciplina con el entrenamiento intenso y reiterado. Y suele suceder así hasta que años después llega un día que, otra chica que entrenaba menos que ella, -o que antes ni siquiera corría porque practicaba otros deportes- le gana. Y esto suele ocurrir porque ésta ha respetado su etapa de desarrollo y crecimiento natural, entrenando casi a modo de juego, y finalizada su adolescencia comienza a entrenar con la intensidad y volumen acorde a dicha etapa, que por supuesto todavía no es idéntica a la del atleta sénior.
Además, es muy probable que le gane esta nueva deportista que "apareció de la nada", porque su GENÉTICA es mucho mejor y ésta le va a ayudar a alcanzar un nivel deportivo más alto que la anterior campeona.
Y esta es la clave de la cuestión, la genética, pues cuanta mejor se tenga mayor será el rendimiento. La genética no se hace, no se construye con el entrenamiento, se nace con ella y pertenece a nuestro ADN.
Para que se entienda mejor, dos deportistas seniors, ya hechos y derechos, que entrenen de igual manera será siempre mejor el que mejor genética tenga. Dejemos claro esto a los padres y entrenadores que desean el mayor éxito para sus hijos pequeños: El alto rendimiento sólo se alcanza en la madurez física y mental, es decir, en la etapa sénior, con adecuados entrenamientos y con una GENÉTICA ESPECTACULAR.
Ya se puede entrenar como un profesional que si la genética no está hecha para lograr el máximo nivel mundial… no se alcanzará nunca la élite mundial por mucho que se empeñe.
¿Y cómo se puede saber si un niño o niña tiene la genética adecuada para llegar a ser un posible campeón o campeona mundial? Pues sencillamente NO SE SABE.
Puedes intuir que es posible que llegue a ser muy bueno cuando sea un deportista adulto si ahora, jugando, sin entrenar apenas, o practicando otros deportes, gana carreras con holgura. Repito: ¡Sin entrenar nada o apenas! Ahí puedes llegar a pensar: “Uhmmm... este niño tiene talento, tiene posibilidades futuras, así que sigamos así, con la misma estrategia y filosofía, jugando y con mucha paciencia.
Debemos esperar hasta pasada la adolescencia para ver qué cambios morfológicos se producen en el chico o en la chica. Mientras sea alevín, infantil, cadete, juvenil y hasta primer año de júnior, sigámosle motivando a practicar toto tipo de deportes diferentes, para que adquiera numerosas y diferentes habilidades motrices.
Suele suceder que un chavalín o chavalina hoy no gane ni una carrera, que quede siempre por la medianía o incluso por detrás, pero una vez pasada dicha adolescencia pegue un cambiazo impresionante su cuerpo y empiece a evolucionar de manera exponencial comenzando a ganar o a estar en los primeros puestos. Puede que incluso llegue a ser deportista de altísimo nivel, siempre que su genética lo permita.
Si crees que tu hij@ gana carreras gracias a los entrenamientos exigentes que realiza pregúntate: ¿Tiene genética para ser un atleta olímpico? Pues ya te puedo confirmar que no lo sabrás porque con los entrenamientos que hace lo camufla. No puedes saber en qué porcentaje está influyendo su genética en las victorias.
Y si gana o queda entre los primeros continuamente por estos entrenamientos exigentes muy difícilmente llegará muy lejos de adulto porque tiene todas las papeletas de aborrecer el deporte, por entrenar de esta manera desde tan joven. Física y mentalmente tiene todas las papeletas de saturarse. Todas.
Entrenar con exigencia es muy duro mentalmente, que se lo digan a los deportistas profesionales. Y los niños soportan este dolor mental entrenando gracias al el éxito que están consiguiendo en las competiciones. Pero cuando dejan de ganar casi seguramente abandonarán la práctica deportiva porque no les compensará esa insoportable exigencia física.
Pero lo peor de todo es que van a tener un recuerdo malísimo e imborrable del deporte de cierto nivel para toda su vida: Las malas sensaciones se quedarán a fuego en sus subconscientes. Para ellos “El deporte es durísimo e insufrible” y realmente no es así si se practica adecuadamente, esa es la diferencia.
Sí, es posible que estos y estas deportistas que abandonaron de niños no retomen la actividad deportiva hasta ya alcanzada la veteranía de edad porque necesitan estar en forma de alguna manera. Pero otros muchos ya no lo retoman por aquél mal recuerdo que quedó.
No olvidemos que el principal valor de la práctica deportiva debe ser facilitar una óptima salud física y mental. No perdamos este valor para los niños. Que lo hagan divertido y con moderación.
Con todo lo dicho hay casos excepcionales y muy contados de niños que han entrenado durísimo desde pequeños y que han llegado a la élite. Los hay, pero no son los ejemplos que seguir. Por cada caso que llega (que es rarísimo) hay miles que no llegan, por lesiones continuas (sobrecargas), fatiga crónica, sobre entrenamiento, saturación psicológica, presión…. Insisto, estos chicos excepcionales hubieran llegado igualmente a la élite sin entrenar con aquella exigencia desde niños porque tienen la genética necesaria para llegar.
Luego entonces ¿Por qué arriesgar? ¿Por qué no permitir que el chavalín disfrute jugando de su etapa de niñez? Te hago una nueva pregunta a ti como padre o madre ¿Qué conocimientos de fisiología deportiva tienes para “permitir” que tu hija entrene con esa exigencia? Desde luego no lo leerás como algo conveniente en ningún manual didáctico de fisiología deportiva, pues leerás todo lo contrario.
Como padres seamos inteligentes y velemos por el mejor futuro para ellos.
¿Cuántos conocen al campeón del país de cualquier distancia de una categoría menor? Ya te puedo asegurar también que sólo su entorno familiar y pocos más.
Quiero con ello decir que a estas edades ser campeón nacional o lograr el pódium no es nada importante, e hipotecar la salud física y mental para lograrlo es altísima.
Hay que tener en cuenta que el ser humano fisiológicamente está preparado para entrenar con exigencia y lograr sus mejores resultados deportivos entre los 23 y 35 años de edad y no antes.
Un niño no tiene el organismo totalmente preparado para oxidar el ácido láctico tal y como hace un deportista adulto y por tanto tras los esfuerzos intensos y prolongados el deportista en su niñez tiene ese ácido circulando en la sangre durante mucho más tiempo. Y este ácido va perjudicando a los órganos que irriga.
Estos órganos “tocados” le perjudicarán en su rendimiento a medida que vayan transcurriendo los meses y los años de exigencia. Y a veces son daños irreversibles. ¿Merece la pena este castigo corporal para nuestros hijos e hijas? Sinceramente no.
Bien, para finalizar este artículo deseo hacer un símil para intentar que se nos quede en la mente y actuemos con inteligencia.
A que sabes qué es un Bonsái.
Creo conveniente recordarlo para diferenciarlo respecto a un árbol grande que crece en el campo de manera natural y con la ayuda de los cuidados necesarios, respetando sus tiempos de poda, riego y abono con el objetivo de que se desarrolle y crezca como merece, alto, grande y robusto con el fin de obtener frutos grandes, preciosos y en cantidades ingentes.
Un bonsái por el contrario es un árbol de esa misma especie pero que debido a su poda continuada, excesiva y a desmesurados cuidados no se le permite crecer, quedando relegado así una maceta para su exposición. Si se consigue hacer bien, el bonsái queda precioso para quienes lo ven, pero debemos ser muy conscientes que el fruto de este arbolito va a ser por consiguiente diminuto y en pocas cantidades. Nada que ver con el gran potencial conseguido por el árbol grande cultivado en el campo respetando sus tiempos de cuidado y que es alto, grande, robusto y con frutos preciosos y en cantidades ingentes.
¿Cuántos litros de zumo de naranja podemos hacer con el naranjo grande? ¿Y cuántos lograríamos en un naranjo bonsái?
Aquí está el símil, pues el atleta que respetó sus tiempos para entrenar a conciencia y en la medida mesurada será el equiparable al árbol grande y el niño que entrenó desmesuradamente sería el del arbolito bonsái.
Entonces preguntémonos:
¿Queremos tener en casa a un “atleta bonsái” para exponerlo y fardar con nuestros amigos y familiares hipotecando con ello su futuro, o deseamos ayudar a nuestros hijos a que disfruten del deporte para toda la vida y que sean conscientes de que esta práctica regular continuada les ayudará a cuidar de su salud física y emocional?
¿Y que sepan además que su genética los llevará al nivel que ésta les permita si así lo desean en el futuro?
Apostemos para que nuestros niños y niñas sean de mayores como los árboles grandes: altos, saludables, robustos y que puedan ofrecer muchos y grandes frutos tal y como merecen. Y no como los del bonsái, diminutos y muy pocos.
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►FRANC BENEYTO, autor de este artículo, es un prestigioso entrenador con amplia experiencia con deportistas de todas las edades y niveles. Si deseas contactar con él, escríbele a francbeneyto@gmail.com
