¿Organizar? No, gracias

Antes de criticar a un organizador de una carrera, piénsalo bien.
Alberto Hernández
¿Organizar? No, gracias
¿Organizar? No, gracias

Puedo decir con orgullo que me considero un buen amigo de los organizadores de la Behobia-San Sebastián (ellos, por su bien, no deberían presumir de nuestra relación en sentido inverso; hay reputaciones que matan). Aun así, fíjense que canalla, entre el cariño y la admiración que les profeso hay un amplio rincón para la envidia. Un ático de cuatro habitaciones, con piscina y vistas a La Concha. La siento al contemplar la cara de felicidad de sus participantes. Me corroe al admirar la capacidad de entusiasmo de los que atestan las cunetas. Invade mi ser cuando cubro esos veinte bellos kilómetros que separan la frontera con Francia del Boulevard Donostia. Percibo su presencia cada segundo domingo de noviembre, cuando se propaga a los cuatro costados del Peine del Viento que el evento ha sido un éxito rotundo y los que cruzan la meta califican la experiencia como una de las mejores hazañas en pantalones cortos de sus vidas (proezas sexuales al margen). Sin embargo ahora, cuando redacto estas líneas, meses antes del pistoletazo de salida, no me cambiaría por ninguno de ellos. Ni loco. Soy demasiado normal; nunca me gustó el exceso de trabajo.

Una magia como la de Behobia tiene truco. Mucho ensayo, mucha disciplina, muchas horas dale que te pego al trampantojo. Fernando, Íñigo, Egoitz, Amalur, Arantza… Tocan a mil problemas por cabeza. Y ellos son la punta del iceberg, cuyas labores se entrecruzan a menudo con mi pluma (ni me molesto en aclarar el doble sentido), sé que hay otros muchos hijos del C.D. Fortuna, desconocidos para mí, con el lomo baldado de tanto amor por una carrera que no es una carrera. Es una forma de llamarle correr al running. De decirle a la modernidad que no hay nada más de moda que lo que nunca dejó de estarlo. De aterrizar en el futuro con 55 kilos de tradición a la espalda. De responder de una vez por todas a la pregunta de marras: ¿Por qué corro?

En momentos de tensión uno puede escucharles blasfemar a volumen brutal, jurar que es la última vez, que la próxima edición le pillará en la playa, con bañador de flores, mojito en mano.

Detrás de tanto éxito hay demasiadas noches peleando con la almohada. Como dice mi fiel camarada Nacho García (director de marketing de otra juerga mítica, la San Silvestre Vallecana): “El organizador de eventos nunca juega a ganar, juega a perder o a empatar”. Es un sabio. Son muchas las veces que el participante, por desconocimiento sin duda, pone el grito en el cielo ante el más nimio de los errores (cuando la metedura de pata es mayúscula los insultos y descalificaciones fluyen en desproporción). En caso de acierto inapelable son exageradamente escasos los halagos. A ellos les duele, claro que les duele, pero siguen adelante con un romanticismo que raya la gilipollez. En momentos de tensión uno puede escucharles blasfemar a volumen brutal, jurar que es la última vez, que la próxima edición les pillará en la playa, con bañador de flores, mojito en mano. Por supuesto es mentira, esa inconsciencia del que propone y dispone combates son dorsal les arrastra una y otra vez al lugar del crimen.

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No me dan envidia, ni hablar. El tiempo que dedican a obrar el milagro no se lo arrendo. El patrocinador que negocia a la baja, el proveedor que no puede garantizar un envío la fecha prevista, el voluntario que se raja a última hora, la meteorología que amaga y golpea cuando le viene en gana, los delincuentes verbales de las redes haciendo el agosto, el cansancio que se acumula, la paciencia que se dilata sin llegar a resquebrajarse jamás…

Y el día D, a la hora H, ser el tutor legal de miles de almas a cada cual más dispar. El que trata de burlar su cajón de salida; el que sabe a ciencia cierta que su GPS es más fiable que la rueda con la que se midió el trazado; el que piensa que un avituallamiento debe tener, además de agua, fruta y bebida isotónica, entremeses, primero, segundo, café, copa y puro; el que considera un robo lo abonado por la inscripción, cuando, si analizase con objetividad el tinglado, se daría cuenta de que recibe mucho más de lo que da; el que cree que por haber pagado tiene derecho a presumir de su ilimitado talento para la blasfemia…

Los de ‘La Behobia’ emplean 365 al año pensando en cómo seguir perpetrando una de los mejores envites sobre asfalto del mundo

No son pocos, pero no son todos. Ni siquiera son la mayoría. Rugen y hieren, pero no matan. Esa realidad es la que, supongo, hace seguir en la brecha a los organizadores, infatigables ellos. Los de ‘La Behobia’ emplean 365 al año pensando en cómo seguir perpetrando uno de los mejores envites sobre asfalto del mundo. No es una exageración; afortunadamente, por mi oficio de ‘juntaletras’, he visto todas esas que la gente menciona en el top 10 de “carreras que hay que correr al menos una vez en la vida” y movidas así.

Les admiro, mucho. Y estoy deseando que llegue el 10 de noviembre para volver a tenerles envidia.

Artículo publicado originalmente en la revista de la 100ª edición de la Behobia-San Sebastián

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