En el ambiente, efluvios ‘txundatxunda’ noventeros. Un ir y venir de gentes, algunos que trotan y otros que buscan en su entorno inmediato ese mobiliario urbano donde desplegar una rutina de estiramientos. Zapatillas de las más diversas firmas, con las tecnologías más dispares; pero todas al final made in China. Un universo de variopintas licras. Algunos presentes portan prendas de otras pruebas, dibujando un panorama de múltiples posibles destinos futuros tanto en España como en el extranjero. Otras camisetas son neutras. Las hay de clubes de atletismo señoriales, las hay de equipos de fútbol serigrafiadas con nombres noventeros. Añejas. Hasta un par de carritos de bebé, de estos sobredimensionados y concebidos para estas artes, se preparan para integrarse en pelotón. Son las nueve y veinte de la mañana de un domingo de mayo y, frente a las últimas semanas, el cielo presenta ese diáfano despejado tan característico de los días de calor. El sol ya va apretando. La música desciende a un segundo plano y una voz se hace más fuerte y presente entre bienvenidas, saludos, agradecimientos y deseos de buena suerte. Suena un disparo sordo. ¡Pam! A correr tocan.
La escena, brochazo gordo, es en esencia exactamente igual la que se puede ver en cualquiera de esas, así denominadas desde los ochenta, “carreras populares” que se celebran por toda España desde hace décadas. Igual que nos inculcaban en la EGB que una ardilla podía viajar desde Tarifa hasta San Juan de Gaztelugatxe saltando de rama en rama, prácticamente un corredor popular se puede pasar todos los fines de semana del año corriendo por las numerosas y diferentes pruebas que se organizan en todos sus confines. Lo de la ardilla no deja de ser un bulo que se ha transmitido durante generaciones, fakenews ecológicamente hermosa y con su punto de encanto para el acervo popular. Lo de la cuestión corricolari al final sólo va a depender de la ubicación de ciertos festivos gordos, muy gordos; y no siempre, ojo, muchos Doce de Octubre en el Barrio de San Nicasio de Leganés tocaba correr en su mítica carrera popular. El caso es que esta escena aquí descrita es la de las rutinas propias de cualquier carrera popular, más allá de su distancia. Exactamente igual.
… pero ésta es una carrera totalmente gratuita. Puesta en marcha por la concejalía de deportes de un ayuntamiento. Otrora sobre menos distancia, desde hace un par de años sobre los mismos 10 kilómetros tan recurrentes y tan referenciales para este tipo de pruebas. Y siempre ha sido así. Una carrera gratis. ¿Es mejor por ello? No, por supuesto. Ni tan siquiera es la única con tal condición. Pero es una circunstancia que la hace diferente. Y, sorprendentemente, que de forma paralela estimula una suerte de shadow banning reputacional. Como es gratis, meh. Y esas cosas. No hay elogios. No hay embajadas. No hay puestas en valor externas. Pero no te falta el avituallamiento durante el troteo, ni al final, la pieza de fruta con la que reponer fuerzas. Ni una camiseta de recuerdo. Ni ese pasillo de aplausos y ánimos, sinergia de acompañantes concentrados en ese punto por donde se pasa en dos ocasiones. La fiesta es completa porque la matinal propone después carreras para los más pequeños, desde prebenjamines hasta cadetes. No puede haber cúspides de pirámides si no existen esos primeros sillares que sustentan todo el conjunto.
Solidarias, exclusivamente deportivas, reivindicativas, temáticas, de género, de inspiración religiosa, de concreción pagana… Las motivaciones organizativas de una carrera popular son tan múltiples, diversas y dispares como lo son las de sus humanas concurrencias. Los hay que corren por salud, los que corren por hábito cuando no por necesidad. Y siempre, o casi, hay alguien que lo hace por primera vez o tantea una de sus primeras experiencias. Es imposible, con certeza absoluta, saber el número preciso y exacto de carreras populares que tienen lugar cada año en España. Solo con el final de año, posiblemente la temporada alta del fenómeno por esos caprichos de San Silvestre, el asunto se va por encima de las varias decenas. Y hasta el propio santo se ha expandido desde su fecha hasta las jornadas previas. El caso es que no es fácil realizar un inventario, porque de igual forma que hay carreras colegiadas, homologadas, calendarizadas, algunas otras son más modestas. La cifra recurrente, guarismo preCOVID-19, ronda las 12.000 entre diferentes distancias. La nueva normalidad no parece que haya rebajado el número en exceso. Es más, con el universo del trail, con el correr por el monte, el fenómeno evoluciona y cobra, o eso parece, una nueva dimensión. Si una persona tiene el hábito de acudir a cuatro pruebas en un año, pongámosle la de su barrio, la del reto personal con amigos o familiares en forma de medio maratón, y un par más, es fácil que ahí tenga 50 euros en inscripciones. No todas las carreras valen lo mismo, tampoco las distancias plantean los mismos rangos de precio; pero es posible inscribirte a un medio maratón con mucha antelación a un precio inferior, algo, mucho, bastante, de una prueba de 10 kilómetros. Así anda la realidad de este mercado. Las motivaciones son diversas; la rentabilidad, la madre de los negocios.
Aunque en la era de las aplicaciones tecnologías en la que estamos sea una gran verdad que si algo es gratis para ti es porque, sencillamente, el producto eres tú, hay excepciones honrosas en las que la gratuidad deriva exclusivamente en que otro asume el pago de la fiesta.
El organizar una carrera popular conlleva gastos y acarrea quebraderos de cabeza variopintos. Gestiones, permisos, licencias, obligaciones… Existen unos gastos fijos y otros, en función de las ganas de complicarse o las necesidades de ello, son variables. Están los seguros de responsabilidad civil, la cobertura médica, las horas extras de las fuerzas de orden público de naturaleza municipal (parcela muy importante que en algunas ciudades y municipios como Huelva, Badajoz, Toledo o Coslada ha acabado acarreando la suspensión de pruebas en el último momento), el personal propio de la organización… En tres segundos te plantas en más de 15.000 o 20.000 euros. Y de ahí, para arriba. Correr es gratis. Lo que conlleva su práctica, no. Aunque en la era de las aplicaciones tecnologías en la que estamos sea una gran verdad que si algo es gratis para ti es porque, sencillamente, el producto eres tú, hay excepciones honrosas en las que la gratuidad deriva exclusivamente en que otro asume el pago de la fiesta.
Es el caso.
La gratuita en cuestión es la Carrera de San Fernando de Henares. Una prueba con salida y llegada en un estadio municipal de hechuras magníficas para estos fastos, con un circuito que esencialmente combina asfalto con tierra y tiene un par de pellizcos de empedrado; una carrera que concentra su ambiente en la zona de llegada y de salida, sobre la que sobrevuelan cada pocos minutos los aviones que se acercan al aeropuerto de Barajas, que se asoma en un par de ocasiones al río Jarama (más cerca de San Fernando que el Henares que le da apellidos, cosas de las toponimias que en poco más de un siglo atrás sí fueron mucho más exactas: San Fernando de Jarama) y que descubre toda una Huerta Grande que en otros siglos alimentó a una corte real y a la mano de obra de un Real Sitio por eso de una Real Fábrica de Paños. Una carrera hasta con nutrida presencia de trabajadores locales en huelga, haciendo públicas sus reivindicaciones de manera festiva y respetuosa. Una carrera para todos que aporta un poco de luz, poca, allí donde muchas veces hay tristeza y pena: en San Fernando de Henares, por culpa de la Línea 7 de Metro y de sus obras, más de un centenar de familias han sido hasta ahora desalojadas de unas casas derribadas con posterioridad. Arrancadas de sus hogares, arrebatadas de su dignidad. Y esas cosas, corras o no, no pueden ni deben olvidarse.






