La historia del primer Maratón de Nueva York por los cinco distritos

Cómo la carrera más importante del mundo llegó a ser lo que es.

George A. Hirsch | Imagen: Associated Press

La historia del primer Maratón de Nueva York por los cinco distritos
La historia del primer Maratón de Nueva York por los cinco distritos

En 1975, George Spitz disponía de bastante tiempo libre. Iconoclasta político y culo de mal asiento, se le solía ver haciendo campaña y perdiendo elecciones a cualquier cargo, ya fuera a diputado a la Asamblea de Nueva York, concejal de la ciudad e incluso a alcalde. Pero ese año le pilló entre sus trabajos y las elecciones, así que se entrenó para el Maratón de Boston, que corrió. Al poco, empezó a preguntar a sus amigos: “Si Boston puede organizar un maratón por sus calles, ¿por qué no Nueva York?" Ya había un pequeño maratón que daba cuatro vueltas a Central Park, pero Spitz tenía en mente una carrera que se adentrara por los cinco distritos de la ciudad. Yo era amigo suyo y un corredor bastante conocido, de modo que me convertí en una de esas personas a las que telefoneaba día y noche. Al principio, a ninguno de nosotros le entusiasmaba su idea, ni siquiera a Fred Lebow, el presidente de New York Road Runners, la mayor organización de running de la ciudad. Pero Spitz insistió y, al final, obtuvo el apoyo de Percy Sutton, el entonces presidente del Distrito de Manhattan. Cuando Sutton garantizó por su parte el compromiso de los influyentes magnates inmobiliarios Jack y Lewis Rudin en forma de 25.000 dólares, ya no hubo vuelta atrás.

Al cabo de poco tiempo, Sutton, Lebow y yo nos estábamos reuniendo con el alcalde Abraham Beame, cuya ciudad padecía una crisis financiera y una elevada tasa de criminalidad. Le sugerimos que los planes para celebrar el bicentenario del país con un desfile de grandes veleros y demás eventos serían todavía mejores con la disputa de un maratón que uniera todos los distritos. Beame dio su aprobación sin ser consciente de lo que aquello implicaba. Nadie, ni nosotros ni la alcaldía, había hablado (o siquiera pensado) de que el maratón se convirtiera en un acontecimiento anual.

Lebow cogió las riendas del proyecto de Spitz y rápidamente se puso a trabajar para producir un espectáculo digno de la ocasión. Lebow, un superviviente del Holocausto que se había ganado la vida haciendo imitaciones en el distrito de la moda y cuyo amor por correr excedía a su talento como corredor, halló entonces su verdadera vocación. La suya es la típica historia de la persona más apropiada en el lugar y momento adecuados. Rápidamente, de la noche a la mañana, se convirtió en un consumado promotor. Le encantaban los grandes escenarios y los medios de comunicación le adoraban. Un barbudo maravilloso delgado e hiperactivo que hablaba con acento de Europa oriental y tenía una pasión realmente absorbente: el maratón.

Como todo promotor de la Gran Manzana y a fin de concitar la mayor atención para su gran espectáculo, Lebow se percató de la necesidad de contar con el poder de las estrellas. En 1976, estas no eran otras que Frank Shorter, que había logrado una medalla de oro y otra de plata en los dos últimos Juegos Olímpicos, y Bill Rodgers, ganador del Maratón de Boston 1975. Shorter aceptó la invitación de Lebow en parte -dijo de broma- “para ver si la policía era capaz de cortar las calles de Nueva York por una carrera pedestre". Lebow le pidió que asistiera a la única rueda de prensa del maratón, a celebrarse pocas semanas antes de la carrera de octubre. Me contó con orgullo que se había ahorrado unos dólares al obtener así una sala gratis en el New York Athletic Club.

Le interrumpí a media frase. “Fred, no vamos a llevar a Frank a un club que no admite ni a judíos ni negros", le dije, dado que era cierto en aquella época. En su lugar le pusimos en un salón del hotel Plaza. Me llamó justo antes de la media noche para invitarme a correr con él a la mañana siguiente y agradecerme el cambio de sitio. “No me habría sentido cómodo en el New York Athletic Club", me confesó.

La carrera deportiva de Rodgers estaba justo comenzando su ascenso. Modesto, siempre sonriente y muy querido por todos sus compañeros, Rodgers tenía un lado duro, poco conocido, que reservaba para los directores de carrera. Él creía que el organismo dirigente del deporte, la Amateur Athletics Union, se atenía a unas reglas de amateurismo centenarias que estaban totalmente obsoletas. En otras palabras, quería que le pagasen su participación en grandes carreras.

En aquella época los pagos a atletas estaban rigurosamente prohibidos, aunque todo el mundo sabía que tenían lugar. No obstante, Lebow no era una presa fácil. Trataba a cada dólar que gastaba en el maratón como si fuera propio. Al final, Rodgers y él acordaron un pago “bajo cuerda" de 3.000 dólares, que Shorter también percibió. El Maratón de Nueva York no comenzó a dotar con dinero a sus premios hasta 1984. Hoy en día los atletas perciben un dinero fijo de salida.

El primer Maratón de la ciudad de Nueva York por sus cinco distritos

El primer Maratón de la ciudad de Nueva York por sus cinco distritos

Según se iba corriendo la voz sobre un maratón por los cinco distritos, en todos los rincones de la ciudad se iba generando una ilusión inaudita por correr. Los principiantes empezaron a telefonear a veteranos como yo. Una de esas llamadas fue la de mi amigo Jacques d’Amboise, primer bailarín del New York City Ballet. Había empezado a entrenarse para el maratón sin decírselo antes a George Balanchine, el coreógrafo de la compañía y director del ballet, al cual realmente no le habría hecho mucha gracia.

La mayoría de las veces yo quedaba con d’Amboise para correr alrededor del estanque principal de Central Park, el Reservoir. Cuando su compañía de danza marchó a París, me envió una postal desde allí. “He corrido 16 km a medianoche en el Bois de Boulogne después de nuestra actuación de hoy", me garabateaba. “¡Ha sido estupendo!"

Durante uno de nuestros rodajes, le dije a d’Amboise que se estaba poniendo muy en forma, pero que aún necesitaba por lo menos una tirada larga, preferiblemente de 32 kilómetros, antes de tomar la salida del maratón. Por lo visto, omití añadir que debía hacerlo dos o tres semanas antes de la prueba.

Recibí la última llamada de d’Amboise previa a la carrera un viernes por la tarde, a menos de cuarenta y ocho horas del inicio del maratón. Su voz temblaba de la emoción. “George, esa tirada que me sugeriste ha sido fantástica", me dijo. Sentí que mi corazón daba un vuelco. ¿Cuándo la hiciste?", le pregunté. “Bueno, acabo de entrar por la puerta", contestó.

Mientras nos colocábamos en la línea de salida del maratón en esa mañana gélida y nublada de octubre, podíamos sentir la expectación y la emoción. Los helicópteros sobrevolaban la zona y casi ahogaron el ruido del pistoletazo de salida que dio el alcalde. Como todo el mundo sabe, el recorrido del maratón por los cinco distritos comienza en el puente de Verrazano-Narrows y luego enfila hacia el norte a través de Brooklyn y Queens. Seguidamente, los corredores pasan a Manhattan desde Queens por el puente Queensboro y luego suben en dirección a Harlem. En 1976 no corrimos por la Primera Avenida, sino por la estrecha explanada de East River, entre la autovía F.D.R. Drive y el East River.

Aquí es donde la historia se pone interesante y las leyendas urbanas resultan difíciles de contrastar. Por lo visto, muchos de los 2.000 participantes del maratón de 1976 creen haber subido la empinada escalinata que conduce a Carl Schurz Park, donde el sendero de la explanada termina. Incluso el ganador de la carrera, Bill Rodgers, posteriormente me preguntó: “¿Qué clase de maratón es este que te hace subir un tramo de escaleras?" Bob Glover, entrenador y célebre pionero del running en Nueva York, me insistió en que “Ni de coña subimos esas escaleras".

De hecho, no las subimos. En realidad lo hicimos por una rampa unas manzanas antes de la temida escalinata, cruzamos un puente peatonal sobre la autovía F.D.R. y luego pusimos rumbo al norte atravesando el Upper East Side. Incluso tengo una foto en la que salgo junto a otros corredores ascendiendo por la rampa.

Entonces, ¿por qué hay tantos falsos recuerdos? Peter Gambaccini, autor de The New York City Marathon: Twenty-Five Years, apunta la siguiente posibilidad. En la célebre película de 1978 Una Mujer Descasada, Jill Clayburgh sube corriendo una escalera después de hacer footing por East River. Esta imagen podría haber entrado a formar parte del imaginario colectivo de muchísimos corredores, convencidos a la postre de haber hecho lo mismo.

Una cosa que nadie discute es que todos tuvimos que bordear una farola en el Bronx dando un giro de 180 grados. Sucedió después de cruzar el puente de Willis Avenue y así es como incluimos al Bronx en nuestra vuelta por la ciudad. En ese momento Rodgers ya le sacaba a Shorter una ventaja de dos minutos, de modo que se cruzaron corriendo en sentido contrario.

Shorter dijo “¡Gran faena, Bill!" y la antorcha pasó simbólicamente del mejor maratonista estadounidense de una era, al mejor maratonista estadounidense de la siguiente. El doble medallista olímpico Shorter, elegante y respetable abogado, daba paso a Bill Rodgers, un afable ex fumador empedernido de cigarrillos Winston que años después obtendría la victoria en los maratones de Nueva York y Boston en cuatro ocasiones en cada uno, llegando a ser conocido como King of the Roads. Rodgers finalizó la prueba en 2:10:10. Frank Shorter lo hizo tres minutos más tarde.

El primer Maratón de la ciudad de Nueva York por sus cinco distritos

Bill Rodgers ganando el Maratón de Nueva York de 1976

Pero las cosas no acabaron ahí. Aún teníamos que llegar casa después de cruzar la meta en Central Park. Shorter, que estaba a mi lado, me saludó después de que yo acabara y salimos juntos fuera del parque para pillar un taxi. Fue en ese instante cuando nos percatamos de que ninguno de los dos llevaba dinero. Así que alzamos los pulgares y pronto nos recogieron dos jóvenes aficionados al maratón que habían llegado desde Filadelfia para ver la carrera de cerca. Cuando el que estaba al volante miró al espejo retrovisor, no podía creerse lo que veían sus ojos: “¡Dios mío, Frank Shorter!" Yo dije que iba a la calle 32, pero él preguntó: “¿Qué os parece si vamos a Miami?"

Rodgers acabó todavía peor. Tras ser galardonado con el trofeo Samuel Rudin por su victoria, se fue correteando hasta el Upper West Side, donde había aparcado su coche. Pero el vehículo no estaba ahí. Con la ayuda de Lebow y un extra de noventa dólares, finalmente lo sacó del retén de la policía municipal y pudo conducir de vuelta a Boston.

Mientras tanto, aquella mañana de domingo Jacques d’Amboise se había recuperado de su entrenamiento con la suficiente rapidez como para terminar con un buen tiempo de 4:05. Incluso el exigente Balanchine le saludó calurosamente al día siguiente.

La carrera de 1976 resultó un éxito tan instantáneo, que nadie tuvo que preguntar si el evento debía repetirse al año siguiente. De hecho, al cabo de unos años y tras las exitosas experiencias en otras grandes ciudades como Londres, Chicago, Berlín, Roma, París y -más recientemente- Tokio y Shanghai, pudimos comprender la gran contribución del Maratón de Nueva York de 1976: dio inicio al boom de los maratones urbanos. Si los anteriores maratones se habían disputado por parques seguros y tranquilas carreteras rurales, ahora se consideraba que la prueba cuadraba a la perfección con la energía, el dinamismo y la ambición de los animados centros urbanos de las grandes ciudades. Todavía recuerdo cruzar el puente Verrazano y entrar en el barrio de Bay Ridge, en Brooklyn, donde el ruidoso gentío nos recibió hace cuarenta años. Más tarde, George Spitz, que disputó la prueba, también recordaba esos instantes. “¡Me quedé alucinado, totalmente alucinado!" Esta vez, una de sus disparatadas ideas había funcionado de verdad.

George A. Hirsch es uno de los fundadores del New York City Marathon y Presidente del Consejo de Dirección del New York Road Runners, club que organiza la carrera.

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