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La lección del atletismo para el Mundial de fútbol en México: no todos jugarán con el mismo oxígeno

Ciudad de México (2.240 m de altitud) y Guadalajara (1.566 m) añaden un factor invisible que puede marcar diferencias en el Mundial 2026: el desgaste no es el mismo para todos.

Marco Gálvez

3 minutos

Jugar un Mundial en la altitud donde entrenan los mejores fondistas del mundo.

El Centro de Alto Rendimiento de Sierra Nevada está situado a 2.330 metros sobre el nivel del mar. Allí se concentran cada año algunos de los mejores atletas, ciclistas y triatletas del planeta para beneficiarse de los efectos fisiológicos de la altitud. Curiosamente, esa cifra es prácticamente idéntica a la de Ciudad de México, una de las sedes principales del Mundial de Fútbol 2026, ubicada a 2.240 metros. Dicho de otra manera: la altitud en la que los atletas de media y larga distancia buscan un estímulo extraordinario para mejorar su rendimiento es exactamente la misma en la que algunos futbolistas están teniendo que competir en una Copa del Mundo.

En el atletismo nadie discute que la altitud cambia las reglas del juego. A partir de unos 1.500 metros comienza a reducirse la disponibilidad de oxígeno y el organismo necesita realizar un esfuerzo mayor para producir la misma intensidad de trabajo. En palabras que cualquier corredor entiende, lo que a nivel del mar supone un esfuerzo determinado, en altitud cuesta más. Mucho más. La fatiga aparece antes, las pulsaciones se disparan con mayor facilidad y la recuperación se vuelve más lenta.

La diferencia es especialmente llamativa en Ciudad de México, donde los efectos fisiológicos son perfectamente comparables a los que buscan los deportistas de resistencia cuando realizan concentraciones en Sierra Nevada.

Por eso resulta inevitable preguntarse si todos los equipos llegan realmente en igualdad de condiciones a un torneo en el que algunas selecciones jugarán partidos decisivos a nivel del mar mientras otras deberán hacerlo en escenarios situados a más de 2.000 metros. La diferencia es especialmente llamativa en Ciudad de México, donde los efectos fisiológicos son perfectamente comparables a los que buscan los deportistas de resistencia cuando realizan concentraciones en Sierra Nevada. No se trata únicamente de correr menos o más despacio. Se trata de acumular un desgaste superior durante noventa minutos y de necesitar más tiempo para recuperarse de ese esfuerzo.

ESPAÑA JUGARÁ A MÁS DE 1.500 M DE ALTITUD

España lo comprobará muy pronto. Su próximo compromiso mundialista tendrá lugar en Guadalajara, una ciudad situada a 1.566 metros de altitud. Aunque está bastante por debajo de Ciudad de México, supera claramente el umbral a partir del cual comienzan a apreciarse los efectos de la altura. Para un corredor acostumbrado a entrenar a nivel del mar, esa diferencia es suficiente para modificar ritmos y sensaciones. También para un futbolista que debe repetir aceleraciones, cambios de dirección y esfuerzos de alta intensidad durante todo un partido.

El detalle cobra todavía más importancia al observar el cuadro del torneo. El último encuentro que se disputará en Ciudad de México será un partido de octavos de final, siempre por el lado del cuadro en el que se encuentra la selección mexicana. Es decir, el factor altitud puede aparecer en uno de los momentos más decisivos del campeonato. Y cuando las fuerzas están igualadas, cualquier elemento fisiológico adquiere un valor enorme.

Quizá el fútbol pueda aprender algo de deportes como el atletismo, el triatlón o el ciclismo. En estas disciplinas las concentraciones en altura se planifican durante meses. Se controla la carga de entrenamiento, se ajustan los ritmos, se vigila la recuperación y se estudia el momento exacto para competir después de una estancia en altitud. Nadie improvisa. Porque los beneficios existen, pero también los riesgos. La altitud genera una adaptación positiva a largo plazo, pero en el corto plazo provoca una disminución del rendimiento y un aumento de la fatiga.

El Mundial 2026 volverá a demostrar que el fútbol no escapa a las leyes de la fisiología. Y que, en ocasiones, un partido también puede ganarse o perderse por algo tan invisible como el aire que respiramos.

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