Hay una escena que se repite constantemente y que, cuanto más la observo, más me llama la atención. La veo en mis dos ciudades, Soria y Madrid, pero seguro que se da en muchísimos más lugares. Corredores que salen de casa, bajan corriendo hasta una zona llana, acumulan allí todos sus kilómetros y, cuando llega el momento de regresar, las cuestas desaparecen de la ecuación. En el mejor de los casos, las suben caminando. En otros, directamente recurren al transporte público, a una bicicleta pública eléctrica o a cualquier alternativa que les evite el esfuerzo de correr cuesta arriba.
En Soria ocurre continuamente con quienes bajan desde la ciudad hasta la zona del río Duero. Es un lugar fantástico para correr: terreno agradable, perfil cómodo y un entorno privilegiado. El problema no es correr allí. El problema es que muchos hacen toda la sesión en esa zona llana y después afrontan la subida de vuelta caminando. En Madrid sucede algo parecido con Madrid Río. Mucha gente baja trotando hasta la zona, suma kilómetros junto al Manzanares y luego regresa a casa en Metro, en Bicimad o andando para evitar las cuestas finales.
La sensación es que muchos corredores actuales buscan la comodidad por encima de cualquier otra cosa.
Y me pregunto: ¿en qué momento decidimos que las cuestas eran nuestras enemigas? Porque la sensación es que muchos corredores actuales buscan la comodidad por encima de cualquier otra cosa. Queremos recorridos rápidos, perfiles favorables y entrenamientos que no compliquen demasiado las piernas. Sin embargo, el resultado de esa tendencia es evidente: nos estamos convirtiendo en corredores menos completos. Después llegan las carreras populares con una subida de apenas unos cientos de metros y aparecen las quejas. Que si el recorrido era demasiado duro, que si la cuesta rompía el ritmo o que si la organización debería haber buscado un trazado más favorable.
DE LO HABITUAL A LO PUNTUAL
Hace no tantos años, las cuestas formaban parte natural de cualquier entrenamiento. No había que buscarlas ni programarlas específicamente: estaban ahí, en los recorridos habituales, y los corredores las afrontaban con normalidad, igual que las bajadas o los tramos llanos. Hoy, en cambio, parece que las hemos convertido en un ejercicio casi de laboratorio. Muchos corredores evitan cualquier desnivel en su día a día y solo hacen cuestas cuando aparecen marcadas en el plan de entrenamiento, como una sesión específica que toca realizar una vez cada varias semanas. Hemos pasado de convivir con ellas de manera constante a tratarlas como una excepción, cuando durante décadas fueron una parte imprescindible de la formación de cualquier corredor.
Correr por terrenos ondulados mejora la resistencia, fortalece la musculatura, desarrolla la capacidad cardiovascular, amplía nuestra variedad de ritmos.
La realidad es que las cuestas forman parte del atletismo y de las carreras populares desde su misma concepción. No hace falta entrenar cada día en una montaña ni convertir todas las salidas en una sesión de cuestas, pero sí es importante convivir con el desnivel. Correr por terrenos ondulados mejora la resistencia, fortalece la musculatura, desarrolla la capacidad cardiovascular, amplía nuestra variedad de ritmos y nos prepara para responder mejor cuando la carretera o el camino dejan de ser completamente llanos. Además, obliga a gestionar el esfuerzo, algo fundamental para cualquier corredor que quiera progresar.
HOMENAJES DE VEZ EN CUANDO
Quizá esta tendencia tenga también relación con el auge de las carreras cuesta abajo. Son pruebas divertidas, rápidas y permiten conseguir marcas espectaculares (y no oficiales). No tengo nada en contra de ellas; de hecho, pueden ser una experiencia fantástica. Pero siempre recuerdo una frase de mi amigo Juanma Bellón que resume perfectamente cómo deberían entenderse: “son una forma de pegarse un homenaje... aunque tampoco hay que hacerse trampas al solitario”. El problema llega cuando convertimos esa filosofía en nuestro día a día como corredores y empezamos a buscar siempre el recorrido más favorable posible.
Porque correr bien no consiste únicamente en ir rápido cuando todo es fácil. Un corredor completo debe saber desenvolverse en el llano, en las bajadas y también en las subidas. Y quizá haya llegado el momento de reconciliarnos con esas cuestas que tantos intentan evitar. Al fin y al cabo, son ellas las que muchas veces terminan marcando la diferencia cuando llega el día de la carrera.







