La historia de Nico Castellano: periodismo en zonas de conflicto y trail running

Periodista de la Cadena SER, nos abre una ventana a cómo el running se convierte en equilibrio, resistencia y una forma de seguir adelante incluso en los escenarios más difíciles

Teresa Sánchez Santamaría

Nico Castellano, periodismo en zonas de conflicto y trail running.
Nico Castellano, periodismo en zonas de conflicto y trail running.

A veces, correr no es solo correr. A veces es una forma de resistir. Mientras el mundo se rompe en pedazos a su alrededor, Nico Castellano, nacido en Las Palmas de Gran Canaria en 1977, busca en cada zancada un espacio mínimo de orden, de silencio. Periodista de la Cadena SER, acostumbrado a contar historias en primera línea de conflicto y crisis humanitarias, ha aprendido a convivir con la incertidumbre y la urgencia. Pero también con la necesidad de parar, aunque sea en movimiento.

En ciudades marcadas por la guerra, en territorios donde la tensión no da tregua, correr se convierte en algo más que un entrenamiento: es refugio, es una forma de seguir adelante. Entre crónicas, desplazamientos y realidades difíciles de digerir, Nico encuentra en el running —y especialmente en el trail— una rutina improbable, casi invisible, pero profundamente necesaria. Porque sus historias se cuentan con un micrófono y también kilómetro a kilómetro. Hablamos con él de su trabajo y de cómo correr le sirve para evadirse y encontrar la calma en situaciones de estrés.

ENTREVISTA: 

El oficio en primera línea

P: Llevas años cubriendo conflictos y crisis humanitarias. ¿Recuerdas el momento en el que decidiste orientar tu carrera hacia este tipo de periodismo?

R: Básicamente la realidad geográfica de Canarias me situó en un cruce de caminos, que es el de las migraciones clandestinas vía marítima en un escenario de catástrofes y de muertes, porque cada muerte de una persona que intenta cruzar en la frontera -porque no la dejamos venir de manera legal- puede ser una catástrofe, una tragedia, un fracaso de la sociedad. Y esas tragedias, esos naufragios de pateras, esas muertes cerca de las costas de Canarias, me hicieron preguntarme por qué venía esa gente, de qué lugares, en qué contexto, y así empecé a viajar por África occidental, y al investigar más allá de las causas de la búsqueda prosperidad económica, descubrí muchos países en conflicto. El primero fue en la antigua colonia española del Sáhara Occidental, mi primera cobertura internacional fue en los campos de refugiados de Tinduf, en Argelia en 2000. Y a partir de ahí, me fui especializando en explicar la movilidad humana, la movilidad forzosa. Y con el paso del tiempo, empecé a hacer otro tipo de coberturas un poco más complejas o más diversas, que fue a partir de 2006 con la crisis de los cayucos. En 2007 ya me trasladan a Madrid, a la redacción central de, y el panorama se amplía. Empecé a hacer catástrofes como el terremoto de Haití de 2010, las hambrunas en Somalia de 2011, la crisis nuclear de Fukushima, también en 2011, y otras muchas otras coberturas: el atentado de la Sala Bataclán de París en 2015, las migraciones en el Mediterráneo, las migraciones de Centroamérica hacia Estados Unidos y muchas cosas más. En los últimos años cubro los conflictos más mediáticos, como el de Ucrania, o ahora que acabo de regresar de cubrir la guerra desde el Líbano y he estado en Israel, Jordania y Siria.

P: Cuando estás en un conflicto, ¿cómo se gestiona la presión de contar historias en directo sabiendo que muchas veces la información es incompleta o cambiante?

R: Contar la guerra en directo hoy en día es más fácil que hace años porque tenemos muchas más vías de comunicación, tecnología, acceso a internet... Contamos con un sinfín de herramientas que nos permiten estar más cerca de las noticias cuando estás sobre el terreno. Por otro lado, la paradoja está en que hay más manipulación de la información por los bandos que nunca, y entonces te das cuenta de que tienes que emplear demasiado tiempo en comprobar informaciones para no ser presa de la propaganda de los bandos para no caer en contribuir a a la desinformación. La presión de contar las historias en directo, en la radio, es algo con lo que se convive desde el principio, porque vas narrando prácticamente en directo un bombardeo. pero el reto de hoy en día está en que hay que ser más prudente que nunca y basarte en esas viejas reglas del periodismo de contar exclusivamente lo que hayas podido contrastar con tus fuentes directas o hayas podido ser testigo. Por eso es tan importante que los periodistas estemos en el terreno. Recuerdo cuando en Bucha, cuando se descubre la masacre de los rusos a las afueras de Kiev en abril de 2022, hubo muchas teorías sobre si aquellos cadáveres eran muñecos, si había sido un montaje... La única manera de comprobarlo frente a la propaganda rusa o a los que querían desinformar era estar allí. Y por eso el valor del periodismo en el terreno. Y por eso es denunciable lo que hace Israel vetando el acceso a los periodistas a Gaza o lo que hace Marruecos evitando el acceso de los periodistas al Sáhara Occidental. Cuando no nos dejan entrar es porque los intereses gubernamentales o armamentísticos están ocultando seguramente el sufrimiento de un pueblo.

El reto de hoy en día está en que hay que ser más prudente que nunca y tener esas viejas reglas del periodismo, de contar solo exclusivamente lo que tú tengas contrastado, hayas podido contrastar con tus fuentes directas o hayas podido ser testigo. Por eso es tan importante que los periodistas estemos en el terreno. 

P: ¿Hay alguna historia concreta que te haya marcado más y te haya supuesto una manera diferente de hacer la cobertura?

R: Después de 26 años son muchísimas, y te podría peinar muchas páginas al respecto porque me quedo mucho con los nombres, con las historias, y hago seguimiento de ellas. Historias de chicos como Amadou: le conocí en 2006, fue superviviente de un cayuco, le di mi tarjeta de visita de aquella época, me volvió a llamar una semana después para decirme que se iba a subir esa noche a una patera para ir a Canarias y nunca más me llamó. Nunca he vuelto a saber nada de él, esa historia me impactó mucho. O como la de Kiki y Sabrina, unos hermanos que estuvieron siete días bajo los escombros en el terremoto de Haití, se les daba por muertos, y de repente al séptimo día alguien escuchó un ruido y los bomberos de Nueva York, que estaban de voluntarios en Puerto Príncipe, les localizaron y sacaron. Yo vi y conté ese rescate en directo. Fue algo impresionante, sigo teniendo contacto con ellos. También de Julia y Emma. Emma tenía apenas tres meses cuando estalla la guerra de Ucrania, en Irpin, al norte de Kiev. Las conozco cruzando el puente -que fue bastante mítico al inicio de la guerra-, y esa escena de Julia, la madre, llorando con el bebé en los brazos porque no encontraba al padre, Olek, se convierte en viral. Fueron portada de “Time” y sigo manteniendo contacto con ellos. Te podría contar muchas relacionadas con los palestinos y especialmente con los gazatíes, con los que mantengo contacto bastante fluido, y sin embargo no puedo verles ni hablar con ellos directamente porque Israel nos lo impide.

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P: ¿Cómo te proteges emocionalmente para poder seguir haciendo tu trabajo?

R: Creo que esta pregunta tiene sentido en el momento en el que los periodistas no estamos siendo formados en la gestión del sufrimiento ajeno. Sí que estamos formados en contar la historia de los demás, pero cuando estás mucho tiempo contando el sufrimiento ajeno, situaciones de estrés, etc., sí que se debería mejorar en las facultades, en los másters, la formación de la gestión de ese sufrimiento ajeno. Porque empaquetamos ese dolor ajeno para contar una noticia y mostrarla al público... Yo no tengo ningún truco especial, me rodeo de compañeros con mucha experiencia, hablamos, nos desahogamos y sobre todo intento que en mi trabajo diario eso no sea un factor que trascienda en cómo me encuentro yo. Porque el periodista no es importante ni es noticia. Pero es verdad que la gestión de las emociones en un trabajo como este debería ser un elemento a mejorar en la formación de las universidades.

Ética y responsabilidad

P: ¿Sientes responsabilidad sobre cómo pueden influir tus crónicas en la percepción del conflicto?

R: Sí y no. Sí, porque uno es responsable de cada noticia que hace, de cada reportaje, y por supuesto hay una responsabilidad ética en lo que hacemos. Y no, porque sería demasiado petulante creernos que una crónica o un reportaje nuestro va a cambiar el rumbo de un conflicto, la percepción de toda una sociedad. Y no es algo individual, creo que cuando varios medios somos testigos de una cosa, de hechos concretos en Gaza, en Líbano ahora, o en Ucrania, es la tendencia informativa de una pieza bien hecha por un conjunto de compañeros lo que marca la tendencia, la opinión pública. Comprobar los hechos, trasladar la humanidad de esos hechos, sobre todo el dolor de las víctimas. Pero a nivel individual sería muy petulante pensar que me creo con la responsabilidad de que mis crónicas o mis piezas puedan cambiar algo en la sociedad. Pero ejerzo esa responsabilidad porque éticamente tenemos que hacer cada pieza con profesionalidad, dotarla de todos los elementos rigurosos del periodismo para que ese conflicto esté contado de la mejor manera posible y de manera fiel a la verdad.

El periodista no es importante ni es noticia. Pero es verdad que la gestión de las emociones en un trabajo como este debería ser un elemento a mejorar en la formación de las universidades.

P: ¿Cómo gestionas emocionalmente los contextos tan diferentes en los que te mueves, la paz que vives en tu casa, aquí, con las zonas de conflictos?

R: A veces es más fácil, a veces menos. Cuando estás en un conflicto y entrevistando a tanta gente o escuchando las bombas o pasando miedo -porque nosotros también lo pasamos-, la vuelta, la digestión de esa situación puede durar días o incluso semanas, pero con la experiencia lo gestiono mejor. Recuerdo tener muchas pesadillas después del terremoto de Haití porque vi muchísimos cadáveres, todos los cadáveres que nunca veré en mi vida juntos; o en Ucrania con el sonido de los misiles, de las bombas, de las sirenas antiaéreas, que se te quedan grabadas en la cabeza; o el miedo a lo invisible a una posible radiación nuclear cuando la fuga de Fukushima. En definitiva, son muchos contextos diferentes y lo que hago cuando vuelvo a casa es rodearme de la gente que me quiere, que me entiende y que me acompaña en mi vuelta entre comillas a la normalidad. Al final yo soy un enviado especial. Yo no convivo con el dolor como conviven las víctimas. Soy simplemente un testigo que lo traslada. Pero es verdad que cuando estás mucho tiempo sometido a ese estrés extremo, a veces la vuelta a lugares seguros como a Madrid o a Gran Canaria, donde está mi familia, lo que más me choca es la indiferencia que hay aquí, lo rápido que se acostumbra la gente en este lado privilegiado del planeta a que haya guerras y que los muertos los ponga el otro, que el sufrimiento lo ponga el otro. A lo mejor me molesta que me hagan opiniones fáciles sobre los conflictos, sobre buenos y malos, o que opinen rápidamente sobre si los palestinos o los iraníes son así y asá. Me parece que eso es opinar con mucha facilidad desde la comodidad y la seguridad sobre conflictos y sufrimientos ajenos. Me choca eso, y por eso intento rodearme de gente que en la medida de lo posible entiende mi trabajo.

P: Creo que en general la sociedad no empatiza con los conflictos o con las situaciones complejas que hay en otras partes del mundo hasta que no le toca de cerca, ¿cómo crees que las historias que profesionales como tú contáis en los medios de comunicación pudieran provocar una reacción de rechazo absoluto y activismo masivo, por ejemplo, en el caso de la guerra actual?

R: Yo quiero pensar que la sociedad sí empatiza con las víctimas, y el ejemplo fue -aunque es verdad que tardó en labrarse-, ese gran sentimiento masivo acerca de Gaza. Quizás habíamos visto muchos muertos, éramos testigos de un genocidio en directo, pero cuando surgen determinas imágenes como los niños famélicos con crisis de desnutrición, con hambruna declarada por primera vez en un lugar que no fuera África, en este caso en Palestina, declarada por Naciones Unidas, son cuando esas imágenes chocan. Y sobre todo cuando el cansancio de la gente de escuchar excusas falsas como las que tiene el gobierno de Netanyahu o Donald Trump o Biden para apoyar a Israel en esta tendencia de ocupar territorios ilegalmente o de masacrar a un pueblo como hace con los palestinos o los libaneses en el sur -supuestamente por apoyar a Hezbolá- o como está ocurriendo ahora con la sociedad civil iraní. Quiero pensar -y creo que el resultado está ahí y se ha demostrado durante mucho tiempo en guerras del siglo pasado y en esta- que incluso las sociedades acomodadas como la europea o la estadounidense, cuando el sufrimiento ajeno ya es tan insoportable y es tan evidente que la guerra es ilegal, que la masacre de víctimas civiles es insostenible, la gente sale a la calle y protesta, y al final a los responsables públicos lo que les interesa es que esa sociedad les vote, y sin el apoyo de su electorado pierdes el poder. Así que creo que el poder de la sociedad civil sigue siendo muy grande, aunque es cierto que a lo mejor cuesta más que se active ese resorte de celeridad masiva. Quizás vamos depositando esa rabia en las redes sociales, vamos compartiendo contenido de denuncias y nos cuesta salir a la calle de manera masiva como pasó por ejemplo con la Guerra de Irak o cómo nos costó mucho hasta que salimos a la calle definitivamente con Gaza. Pero en la movilización especialmente de la sociedad española con respecto al genocidio de Gaza me parece que es un un elemento muy esperanzador y que es transversal a todas las generaciones: salieron muchos jóvenes y creo que hay que confiar en esos jóvenes y en esa sociedad que sí da una lección de humanidad frente a los que creen que la mayor parte de la sociedad está, adormecida frente a estos conflictos. Veo poca movilización y me entristece, la cantidad de víctimas civiles que están muriendo tanto en Irán como en el Líbano, incluso dentro de Cijordania, por la violencia de Israel dentro de Gaza con esa mentira del alto el fuego, me hace ver con incredulidad que haya una gran reacción pública, seguramente porque no hay una conexión muy grande con la sociedad iraní, seguramente porque no hay tanta tradición solidaria como tenemos con los palestinos; o en el caso del Líbano, que llevan padeciendo ocupaciones israelíes prácticamente cincuenta años. Espero que no tengamos que llegar a una cifra insoportable de víctimas civiles o de imágenes brutales para que la sociedad reaccione.

P: ¿Te ha cambiado este trabajo en tu manera de entender el mundo… y a la gente?

R: Obviamente convivir con injusticias sea en nuestras fronteras, como hacemos que la gente estrelle sus vidas contra nuestra frontera por leyes injustas de movilidad, convivir con la guerra, convivir con los refugiados, con los desplazados forzosos, con las víctimas digamos de decisiones injustas, supremacistas, racistas, genocidas como las de Israel con los palestinos entre otras muchas, hace que obviamente tu visión de la realidad esté marcada por todo eso. Si después de toda esa experiencia, de que tanta gente te confíe su historia, te cuente su realidad, sus dolores, si no te marca de alguna manera estaría hablando de que no soy un ser humano sino de un robot. Y obviamente me marca, me marca en mi día a día y lo que me hace es llenarme de argumentos, llenarme de entusiasmo para seguir haciendo este trabajo porque creo que, a pesar de que estamos en la era de más acceso a la información de la historia, estamos en una de las eras de más desinformación de la historia. Porque desinformación se está convirtiendo en un elemento muy bien utilizado por los poderes para para que las sociedades estén en manipuladas.

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Foto: The North Face Transgrancanaria 2026

Correr como evasión

P: ¿Qué vino antes, ser corresponsal de coberturas especiales o el running?

R: Obviamente correr. Siempre he hecho deporte desde pequeñito: fútbol, taekwondo, tenis, correr... Empecé a correr distancias más largas una vez llegué a Madrid, necesitaba evadirme de la realidad laboral y el running me ayudó muchísimo. Llevo casi 20 años participando en medias maratones -este año voy a por mi décima Behobia- he corrido 5 maratones, el maratón y la media de Transgrancanaria... Correr en la montaña especialmente me viene muy bien para esa evasión y lo necesito. Es curioso cómo hay muchos colegas, como Mikel Ayestarán y Almudena Ariza, que también comparten el running, esa necesidad de hacer deporte y de salir de una rutina que es complicada mentalmente para nosotros. Correr para mí se convierte en una herramienta de evasión fundamental y también en un disfrute, porque además de hacer deporte, disfruto muchísimo de respirar profundo en paisajes preciosos como los de la isla de Gran Canaria y en carreras tan bien organizadas como la Transgrancanaria.

P: ¿Cómo se entrena en zonas de conflicto?

R: Es algo que tienes que medir muy bien: cuándo se puede, cuándo no se puede. He entrenado en plena epidemia del ébola en Liberia, en Sierra Leona y Guinea; he salido a correr y a entrenar cubriendo la crisis de los cayucos con Carles Francino cuando él se estaba preparando un maratón en 2006 en las calles de Dakar; y luego he corrido en Ucrania muchas veces y en todas partes del mundo. En mis apps de entrenamiento tengo buena parte del mapa del mundo grabado. Recientemente para prepararme la media maratón de Transgrancanaria entrené en Siria cuando fui a cubrir el aniversario de la caída de Bashar al-Ásad; estuve en la frontera de Colombia con Venezuela muchos días también porque cuando cayó Maduro estábamos ahí por si entrábamos a Venezuela; he estado corriendo en Ucrania ahora en febrero también, que he vuelto al cuarto aniversario de la invasión rusa a gran escala. Y así te podría decir un montón de lugares. Estando ahí incluso, aunque tienes poco tiempo y es muy estresante, encuentro un rato para salir y compartir el running muchas veces con compañeros que comparten esta pasión.

P: ¿Recuerdas algún entrenamiento especialmente peligroso o difícil? ¿Has tenido que renunciar a correr en algún destino por cuestiones de seguridad?

R: Obviamente cuando la situación es compleja, hay aviso bombardeo o hay toque de queda, no lo puedes hacer. Eso pasó sobre todo en el inicio de la invasión Rusia a gran escala en febrero de 2022, pero en los siguientes viajes ya lo pude hacer. En cuanto a los entrenamiento complejos, cuando estuve cubriendo la epidemia del ébola, que los contactos tenían que ser mínimos en cuanto a saliva, sudor, sangre, etcétera, que normalmente tampoco los tiene, pero está bien mantener las distancias, no tocarse y tal pues se me hacía bastante raro correr por Monrovia o por Conakri. Recuerdo estar entrenando con unos soldados en Monrovia, en la playa, e íbamos todos muy separados por un recorrido por la playa. Así que obviamente como ya tenemos mucha experiencia, tenemos muchos años, cuando hay un contexto peligroso o toque de queda descartas salir a entrenar. En esas ocasiones, si hay una cinta en los gimnasios de los hoteles donde estoy alojado, que me ha pasado en Ucrania varias veces, pues me meto en el gimnasio y al menos mato el gusanillo en la cinta.

P: Tu trabajo depende de la actualidad y la imprevisibilidad. ¿Cómo consigues mantener cierta constancia entrenando?

R: Se convierte en muy difícil cuando hay muchos viajes imprevistos. Cuando tienes un plan de entrenamiento como el que he tenido ahora gracias a Esteban, que es un corredor de Gran Canaria que ha corrido todas las ediciones de la TGC, y me ponía determinados kilómetros o cuestas, pues a lo mejor estaba corriendo en Damasco y no había ni una cuesta o no tenía una montaña cerca. En esas ocasiones, Esteban, que es un entrenador brutal, me adapta los entrenamientos. Pero cuando hay épocas de muchos viajes imprevistos y conflictos, como he tenido en el primer trimestre de este año, pensaba que no iba a llegar preparado a la media maratón de Transgrancanaria. Sin embargo, he conseguido entrenar aún con horarios difíciles. Entrené en Colombia, en Israel, en Palestina, en Siria, en Líbano y en Ucrania.

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P: Encuentras algún tipo de paralelismo entre correr horas y horas como es el caso de las carreras de trail con el periodismo de conflicto?

R: No sé si hay paralelismos entre la resistencia y la fortaleza mental de aguantar muchas horas corriendo en la montaña con mantener cierta calma y fortaleza mental cuando estás en situaciones de conflicto. No me he parado a pensarlo, pero en ambos casos tienes que respirar profundamente para pensar y correr, y para pensar y contar lo que le pasa a la gente que está sufriendo en la guerra. Así que digamos que la resistencia, la calma mental y el tener esa cierta perspectiva de mirar, no solo lo que tienes cerca, sino mucho más allá para intentar explicar la guerra - no solo el último bombardeo, sino las causas que la provocan y muchos más factores-, pues sí puede tener un cierto paralelismo con la ultradistancia. No es una carrera de explosividad, sino que necesitas tener un entrenamiento de fondo, un conocimiento de la ruta... En la guerra igual, tienes que conocer a fondo las causas del conflicto y la realidad de los pueblos para intentar contar la situación en estos tiempos tan complejos de desinformación.

Correr siempre me ayuda a conocer mejor los sitios y no solo en contextos de trabajo, yo siempre corro cuando viajo a un lugar nuevo

El running como refugio

P: ¿En qué medida te ayuda correr para asimilar el trabajo y los lugares en el que te encuentras?

R: Correr siempre me ayuda a conocer mejor los sitios y no solo en contextos de trabajo, yo siempre corro cuando viajo a un lugar nuevo. La primera vez que corres en Nueva York por ocio conoces otro Nueva York; la primera vez que corres por el Canal Saint-Martin de Paris, es diferente a un paseo, ves otras realidades. Me gusta correr en las ciudades para descubrirlas cuando no las conozco o para conocerlas mejor cuando he ido muchas veces, es otra forma de mirarla. Creo que que conectas con el lugar y lo conoces mucho mejor cuando tu cabeza está calculando los minutos, los kilómetros, y mirando muy bien por dónde pisa.

P: Si tuvieras que definir en una frase lo que significa correr en medio del caos, ¿cuál sería?

R: Nunca he corrido realmente en medio de un caos o una situación en el que haya puesto en peligro mi vida, eso lo quiero dejar claro porque siempre somos muy prudentes. Resulta muy extraño correr en un país en guerra. Aunque la guerra esté más al este en Ucrania pero, por ejemplo, en Kiev, puede haber peligro, pero estás muy en la retaguardia y lo haces bajo unas condiciones de cierto conocimiento y seguridad. Siempre es imprevisible, pero correr bajo la sensación de un nivel de alerta tan elevado cuando estás en un país en guerra, es diferente a salir a correr cuando estás en Madrid, en tu casa o cuando estás de vacaciones. Sin embargo, el resultado que consigues al correr ahí, que es el de la evasión, el de la salud, el de conseguir cierta calma, bajar ansiedad, bajar el miedo después de correr, creo que el efecto que genera correr en un lugar con un nivel de inseguridad alto, es bastante parecido al que consigues en tu casa, lo único que vas mucho más en alerta. En una frase, correr en lugares peligrosos, te hace estar en alerta máxima siempre. 

Probamos a fondo las Mount To Coast t1 en una de las carreras más duras de España.

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