‘Biscotto’ olímpico

El desenlace de la final de salto de altura masculina entre Tamberi y Barshim fue un pacto de no agresión que benefició a sus protagonistas y no al deporte.

Álvaro Rodríguez Melero

Barshim y Tamberi festejando en el podio de Tokio 2020 su oro olímpico en salto de altura. EFE.
Barshim y Tamberi festejando en el podio de Tokio 2020 su oro olímpico en salto de altura. EFE.

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El saltador transalpino Gianmarco Tamberi seguramente ya estaría familiarizado con el término biscotto, también de origen italiano, que se refiere, principalmente en el ámbito futbolístico, aunque también extendido a otros deportes, a un amaño o pacto de no agresión en el que ambos contendientes salen beneficiados de dicho acuerdo. Préstamo lingüístico que define a la perfección lo ocurrido entre el propio ‘Gimbo’ y su amigo, el catarí Mutaz Essa Barshim, con quien “compartió” el oro olímpico en salto de altura el pasado domingo.

Un gesto y una imagen que dio la vuelta al mundo y fue, para mi sorpresa, ensalzada y glorificada por una amplia mayoría de amantes del deporte entre los que, parece ser, no me incluyo. De hecho, he contemplado en estos dos últimos días un número tan significativo de opiniones favorables por parte de aficionados, periodistas y demás personalidades a los que admiro y respeto, ante lo que bajo mi punto de vista fue un desenlace absolutamente mediocre entre dos atletas descomunales que podían haber ofrecido mucho más de su talento, que llegué a plantearme mi propia convicción. Pero una vez reposado, digerido y habiendo debatido ampliamente sobre lo sucedido, me reafirmo: fue un espectáculo indigno de unos Juegos Olímpicos.

Barshim Tamberi
Tamberi y Barshim se fundieron en un abrazo que dio la vuelta al mundo tras decidir no seguir saltando para desempatar. EFE.

He leído hasta la saciedad tanto en prensa como en Twitter (que no deja de ser uno de los mejores termómetros de la actualidad) hablar de “compañerismo”, “deportividad”, “espíritu olímpico”, y una retahíla de expresiones tan azucaradas como el significado no metafórico del vocablo que titula esta columna (biscotto = galleta). Amén de otros tantos calificativos y argumentos que, directamente, rozan lo absurdo, como que “ambos lo merecían”. Que me digan, por favor, donde radica la nobleza, la generosidad o el merecimiento de aceptar la victoria sin disputar ésta hasta el final, vulnerando así la propia idiosincrasia de la competición que consiste en discernir al mejor de entre un grupo de contendientes; en este caso al mejor del planeta.

El reglamento atlético, en el caso de los saltos verticales, tiene un procedimiento previsto para casos en los que se produzca un empate entre dos (o más) saltadores que lideren el concurso, que consiste en hacer un cuarto salto sobre la misma altura en la que todos ellos hayan realizado los tres intentos nulos consecutivos (en este caso 2.39) y, si persistiera la igualdad, ir rebajando paulatinamente el listón hasta que uno de los atletas lo superase y el otro lo derribara, es decir, una “muerte súbita”. Una solución que hubiera mantenido en vilo a millones de aficionados. Un mano a mano a cara de perro que hubiera dignificado a dos deportistas colosales y a su propia disciplina, conciliando hasta el límite rivalidad y compañerismo, valores que sí propugna el olimpismo. Un final de competición casi orgásmico del que se nos privó.

Porque el mismo reglamento también dispone, de manera incomprensible existiendo esa posibilidad de desempatar, que, si hay acuerdo entre ambos contrincantes, se entreguen dos medallas de oro. Y ahí es donde creo que está la clave: no se comparte una medalla de oro, no pasa por manos de un orfebre y se divide ésta ni se cede temporalmente su custodia a cada uno de los ganadores, sino que se multiplica por dos. Y la presea, entiéndanme, es algo simbólico, pero no todo lo que arrastra detrás: contratos, premios, becas…

No se comparte una medalla de oro, no pasa por manos de un orfebre y se divide ésta ni se cede temporalmente su custodia a cada uno de los ganadores, sino que se multiplica por dos.

La aceptación de la victoria compartida no les suponía ninguna renuncia. No se fraccionan ninguna de las prebendas que ser campeón olímpico garantizan. Por lo tanto, ¿qué altruismo, camaradería u honestidad desprende su decisión, más que tratarse de un “sálvese quien pueda”? ¿Hubieran aceptado Tamberi y Barshim compartir dos medallas de plata y que quedara el oro vacante? ¿O repartirse al 50% los emolumentos que recibe el ganador? Visto lo visto, cualquiera en buena lógica por su propio interés se hubiera plegado a la opción del reglamento que más le beneficiara. Y en este caso, ninguno de los dos salía malparado del arreglo.

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Barshim imponiendo el oro olímpico a Tamberi (antes el italiano había hecho lo mismo con el catarí). EFE.

El sinsentido de la normativa de World Athletics quedaría en evidencia si, por ejemplo, el próximo sábado 7 de agosto en la final de salto de altura de mujeres, las doce participantes acordaran superar la primera altura y hacer tres nulos sobre la siguiente, aceptando una medalla de oro para cada una de ellas. Situación, por supuesto, descabellada, pero a la que la absurdez del reglamento daría pie.

El deporte y sus aficionados se merecen otra cosa. ¿Se imaginan que en la final de la Eurocopa de fútbol, al concluir la prórroga con 1-1 en el marcador, Italia e Inglaterra hubieran tenido la opción de parlamentar y proclamarse campeonas de Europa ambas selecciones porque la norma de la competición se lo permitiera? ¿Hubieran merecido los espectadores ese final?

Creo que mucha gente se equivoca al mezclar su admiración ante dos deportistas ejemplo de casi todo, que se repusieron de serias dificultades en su camino a Tokio para volver a intentar llegar a lo más alto (ambos lesionados de gravedad del tendón de Aquiles en los últimos años), que consolidaron una gran amistad en el proceso, y que han maravillado al mundo con su determinación por volver al lugar que les correspondía. Pero no era este apaño el que, para mí, les tenía que hacer merecedores de todas estas alabanzas, sino todo lo anterior, aunque, sin duda, ha sido esta innecesaria capitulación lo que les ha visibilizado ante el mundo. Los likes han ganado esta competición.

Con la colaboración de Alberto Valdavida, 'Valdi', campeón de España júnior de 3000 metros obstáculos en 2004.

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