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Imaginaos: tengo veinte años. Echadle más imaginación aún. Tengo veinte años y soy una lectora de este medio, aficionada al atletismo y me dicen que encarno la próxima generación de mujeres independientes. Hago varios deportes de manera recreativa, me cuido, soy independiente en mi trabajo y he entendido que mi cabeza debe estar amueblada en mi favor y disfrute personal. Ahora imaginad que me recomiendan vivamente que lea "De qué hablo cuando hablo de correr", de Haruki Murakami. Y lo leo y termino acudiendo hacia sus otras obras. Corredor o no corredor, me encuentro un señor de cincuenta al que le llena pensar en las chicas de doce.
Lo de Tokio 2020 está siendo como un señor explicando al mundo cosas que deberían quedarse en su cabeza. A cada competición, leía hoy en Twitter, le sigue una excelente ristra de expertos, luego la generación de dos bandos, seguido de bronca política. ¿Sabéis? Me molesté en contar los primeros cien tuits tras uno de esos casos de medalla olímpica obtenida por una chica. De diez insultos o comentarios faltosos (medidos objetivamente por mi chirri moreno), ocho pertenecían a perfiles de redes sociales claramente en manos de un hombre. Y no precisamente un adolescente.
¿Qué espectadores somos cuando la gloria olímpica no tiene huevos y pene sino que pertenece a una mujer con horas de entrenamiento como para aniquilar a cien tíos de nuestro clan?
¿Qué tenemos entre las orejas, compadres? ¿Qué espectadores somos cuando la gloria olímpica no tiene huevos y pene sino que pertenece a una mujer con horas de entrenamiento como para aniquilar a cien tíos de nuestro clan? Si una deportista reivindica nos parece una feminazi. Si calla, nos recreamos en sus curvas.
Lo de Murakami y las chicas de doce años no es mío. La disruptiva y exitosa artista japonesa Mieko Kawakami entrevistó en 2017 al novelista que escribía de qué hablaba cuando hablaba de correr y se lo preguntó. Que si el papel de la mujer en sus novelas era de mero acompañamiento sexual a la historia. La respuesta del novelista que corre fue errática y no causó mucho revuelo en el machista y conservador mundo literario japonés. Por debajo de la pátina deportiva del novelista, rascando, quedaba el animal que llevamos dentro. Presumiblemente, cada uno de los espectadores de estos Juegos ya traíamos un veredicto previo dentro. Nuestros cálculos, las horas pasadas viendo Tokio 2020, solamente han confirmado la rabia que arrastrábamos. Viajamos con una caja de cartón a cuestas donde tenemos las banderitas y mayúsculas de nuestras redes sociales, los gritos frente a la televisión y el respeto perdido al esfuerzo extremo. Es evidente que ya ha dejado de tener trascendencia que Murakami corra o no.






