No escribo esto un 1 de enero. Lo hago un 28 de enero, cuando el ruido inicial ya se ha calmado, cuando los propósitos urgentes empiezan a perder fuerza y cuando el cuerpo, y la cabeza, empiezan a hablar más claro. Quizá porque en el running, como en la vida, no todo empieza con un pistoletazo de salida. Hay procesos que necesitan unos kilómetros previos para entenderse, un buen calentamiento podríamos decir.
El inicio de año suele venir acompañado de nuevos planes de entrenamiento, objetivos marcados en rojo y calendarios llenos de carreras. Parece que, en cuanto empieza enero, ya deberíamos saber qué queremos correr, cuándo y a qué ritmo.
Pero quizá este momento no va tanto de apretar el cronómetro como de escuchar al cuerpo.
Antes de fijar marcas o añadir kilómetros, conviene pararse a sentir: cómo llegas a este nuevo año, qué ha cambiado en ti, qué te motiva de verdad a salir a correr… y qué cargas arrastras que no te ayudan a avanzar como te gustaría.
Muchas veces entrenamos desde la exigencia, la comparación o el “tengo que”, cuando correr debería ser, ante todo, un espacio de equilibrio. Te invito a un reseteo profundo: a soltar el perfeccionismo, a dejar de compararnos con otras corredoras, a aceptar que no todos los ciclos se entrenan igual.
Quizá este año no empiece con un objetivo cerrado, sino con una intención clara: correr escuchándote más y exigiéndote menos. Confiar en el proceso, respetar los tiempos y entender que el verdadero progreso no siempre se mide en segundos.
Y sí, hoy me he puesto muy filosófica pero es que nos cuesta entender que empezar bien el año también es permitirse ir más despacio. Y desde ahí, todo lo demás: ritmos, carreras, metas... acaba encontrando su sitio.





