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¿Cuándo debes cambiar tus zapatillas de running aunque parezcan nuevas?

La suela no siempre revela el verdadero estado de una zapatilla. La mediasuela puede haber perdido amortiguación, respuesta y estabilidad antes de que aparezcan roturas evidentes, pero el kilometraje tampoco debe interpretarse como una fecha de caducidad universal.

Julián Domínguez

7 minutos

El desgaste más relevante no siempre está a la vista.

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Tus zapatillas siguen limpias, la malla no tiene agujeros y el dibujo de la suela parece conservarse en buen estado. Sin embargo, desde hace algunas semanas notas que los rodajes resultan más 'secos', que el pie se hunde de manera diferente o que aparecen pequeñas molestias que antes no sentías. Aunque exteriormente parezcan nuevas, es posible que una parte importante de sus propiedades haya cambiado. El desgaste más relevante no siempre está a la vista. La mediasuela, encargada de amortiguar y devolver parte de la energía que recibe en cada apoyo, acumula miles de ciclos de compresión. Poco a poco, la espuma pierde capacidad para recuperar su forma original y puede hacerlo de manera desigual. Por eso, decidir cuándo cambiar unas zapatillas exige mirar más allá de su aspecto.

¿Existe un kilometraje exacto para cambiar las zapatillas?

La recomendación más extendida sitúa la vida útil de unas zapatillas de entrenamiento aproximadamente entre 500 y 800 kilómetros. Es una referencia razonable para comenzar a vigilarlas, pero no representa una frontera científica a partir de la cual el calzado deje de funcionar repentinamente. Un modelo ligero destinado a competición puede perder sus mejores prestaciones bastante antes, especialmente si utiliza una espuma muy blanda o una geometría poco protegida. Una zapatilla robusta de entrenamiento diario puede mantenerse en condiciones aceptables durante más kilómetros. Incluso dos pares del mismo modelo pueden envejecer de manera distinta si los utilizan corredores diferentes. El peso corporal, la forma de apoyar, el ritmo, la superficie, el clima y la frecuencia de uso modifican el desgaste. También influye si el corredor arrastra el pie, concentra la presión en una zona determinada o utiliza las zapatillas para caminar durante el resto del día. Una investigación publicada en Journal of Biomechanics analizó el comportamiento de la espuma EVA del talón y comprobó que, después de 500 kilómetros, la presión plantar máxima podía aumentar de forma considerable. El estudio ayuda a entender que la degradación interna puede avanzar aunque la apariencia exterior no resulte alarmante. Sin embargo, otros trabajos han encontrado cambios más reducidos en determinadas zapatillas y corredores. Esa diferencia confirma que no existe una cifra válida para todos los modelos. Los kilómetros deben activar la vigilancia, no ordenar automáticamente la retirada.

La mediasuela envejece antes de romperse

La mediasuela está formada por materiales capaces de deformarse durante el apoyo y recuperar después buena parte de su estructura. Esa respuesta no se mantiene intacta indefinidamente. Con el uso repetido aparecen fatiga, compactación y modificaciones en la rigidez de la espuma. Un trabajo publicado en 2024 por Footwear Science estudió la fatiga por compresión de diferentes espumas elastoméricas empleadas en zapatillas. Sus resultados muestran que los materiales no se degradan todos al mismo ritmo ni responden igual a la repetición de cargas. La composición y la estructura de la espuma influyen notablemente en su durabilidad. Esto explica por qué algunas zapatillas se sienten apagadas después de pocos cientos de kilómetros y otras conservan una respuesta aceptable durante mucho más tiempo. También permite comprender por qué el dibujo de la suela no ofrece toda la información: el caucho exterior puede parecer intacto mientras la espuma situada encima ha perdido parte de sus propiedades. Las arrugas laterales de la mediasuela tampoco constituyen por sí solas una sentencia. Muchas aparecen durante los primeros usos y forman parte del asentamiento normal del material. Resultan más significativas cuando se acompañan de una inclinación permanente, hundimiento desigual o cambio evidente de sensaciones.

Las señales que advierten del desgaste

Una zapatilla próxima al final de su vida útil suele emitir varias señales al mismo tiempo. La primera puede ser una sensación de mayor dureza al aterrizar, especialmente cuando se compara con otro par menos utilizado. El corredor también puede percibir que el calzado ha perdido respuesta, que necesita más esfuerzo para mantener el ritmo o que el pie se desplaza lateralmente. Otro signo importante es la deformación. Si colocas las zapatillas sobre una superficie plana y una queda inclinada hacia dentro o hacia fuera, la mediasuela puede haberse comprimido de manera asimétrica. Esta alteración no siempre resulta evidente cuando llevas el calzado puesto porque el cuerpo aprende a adaptarse progresivamente. En la suela conviene buscar zonas completamente lisas, pérdida del dibujo, caucho desprendido o espuma expuesta. El desgaste localizado en el talón externo o en el antepié no implica necesariamente que exista un problema en la técnica de carrera, pero sí puede reducir el agarre y alterar la forma en la que la zapatilla entra en contacto con el suelo. También deben revisarse el contrafuerte del talón, la plantilla y la parte superior. Un talón vencido, una plantilla deformada, costuras rotas o una malla que ya no sujeta correctamente el pie pueden justificar el cambio incluso cuando la amortiguación todavía parece aceptable.

¿Las nuevas molestias significan que están agotadas?

La aparición de molestias en ambos pies, gemelos, rodillas o caderas poco después de que las zapatillas hayan acumulado muchos kilómetros puede ser una pista. Resulta especialmente significativa cuando desaparece al utilizar otro par en buen estado y vuelve a presentarse con el calzado antiguo. No obstante, esa relación debe interpretarse con prudencia. Una molestia también puede deberse a un aumento brusco del volumen, más intensidad, falta de recuperación, debilidad muscular, cambios de superficie o una lesión que ya estaba desarrollándose. Comprar unas zapatillas nuevas no resuelve automáticamente el problema. La relación entre calzado y lesiones es mucho más compleja de lo que sugieren algunos mensajes comerciales. Una revisión Cochrane publicada en Cochrane Database of Systematic Reviews concluyó que, en adultos, gran parte de la evidencia disponible no demuestra una reducción clara de las lesiones al comparar diferentes tipos de zapatillas. Por su parte, un ensayo con 848 corredores publicado en The American Journal of Sports Medicine encontró un mayor riesgo de lesión entre quienes recibieron la versión más dura de dos zapatillas experimentales, aunque el efecto varió según el peso corporal. La conclusión útil no es que todo corredor necesite la máxima amortiguación, sino que las propiedades del calzado pueden influir de forma diferente según la persona. Si una molestia persiste, aumenta o modifica la forma de correr, conviene reducir la carga y consultar con un profesional sanitario. No se debe seguir entrenando únicamente para comprobar si unas zapatillas son las culpables.

Compara el par antiguo con uno nuevo

Como la degradación se produce lentamente, el corredor se acostumbra a ella. Una de las formas más eficaces de detectarla consiste en comparar las zapatillas antiguas con un par nuevo del mismo modelo, siempre que la versión no haya cambiado. Póntelas alternativamente y presta atención a la firmeza, la altura, la estabilidad lateral y la sensación bajo el antepié. La diferencia puede resultar mucho más evidente que cuando evaluamos el par gastado de manera aislada. La comodidad sigue siendo una referencia relevante. Un artículo publicado en British Journal of Sports Medicine propuso el denominado 'filtro de comodidad': el corredor tiende a escoger el producto que mejor se adapta a su patrón de movimiento. Esto no permite medir directamente la vida útil, pero recuerda que las sensaciones individuales aportan información y no deben quedar anuladas por una cifra genérica de kilometraje.

Rotar zapatillas puede ser una buena estrategia

Alternar dos pares permite comparar sensaciones, reservar un modelo para los entrenamientos intensos y dejar otro para los rodajes. También evita descubrir de golpe que la única zapatilla disponible ha llegado al final de su vida útil. Un estudio prospectivo publicado en Scandinavian Journal of Medicine & Science in Sports observó una asociación entre utilizar más de un par de zapatillas de forma alterna y un menor riesgo de lesión. Al tratarse de un estudio observacional, no demuestra que la rotación fuera la única causa, pero sí respalda la idea de variar las cargas que recibe el aparato locomotor. Rotar dos pares no duplica mágicamente su duración. Cada uno continuará acumulando desgaste según los kilómetros realizados. Su utilidad principal consiste en repartir el uso, disponer de distintas opciones y reconocer con más facilidad cuándo cambian las sensaciones.

El tiempo también envejece las zapatillas

Una zapatilla puede deteriorarse aunque lleve meses sin correr. El calor intenso, la humedad, la radiación solar y un almacenamiento inadecuado pueden afectar a las espumas, los adhesivos y los tejidos. No conviene dejarlas durante largos periodos en el maletero de un coche expuesto al sol ni secarlas junto a un radiador. Después de correr bajo la lluvia, es preferible retirar la plantilla, aflojar los cordones y dejarlas secar a temperatura ambiente en un lugar ventilado. La lavadora y la secadora pueden acelerar el deterioro de los materiales y los pegamentos. También interesa anotar la fecha de compra y registrar los kilómetros. La memoria suele infravalorar el uso real, especialmente cuando las zapatillas también se emplean para caminar.

Kilómetros, aspecto y sensaciones deben coincidir

No necesitas retirar unas zapatillas en el kilómetro 500 si mantienen su estructura, ofrecen un apoyo estable y no presentan un deterioro funcional evidente. Tampoco deberías esperar hasta los 800 si la mediasuela está vencida, la suela ha perdido agarre o el pie ya no queda bien sujeto. La decisión más razonable combina cuatro elementos: kilómetros acumulados, estado de la suela y la mediasuela, cambios de sensaciones y aparición de molestias repetidas. Cuando varias de estas señales coinciden, probablemente ha llegado el momento de sustituirlas, aunque por fuera todavía parezcan nuevas.

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