Correr por unas monedas

"Quien tenía unas monedas para mí pudo hacer que corriese por él por las avenidas adoquinadas y sus raíles de tranvía".

Luis Arribas

"Corrí mucho antes de aquel primer campeonato checo, en 1945, al que el entrenador Jan Haluza trajo a Zatopek" | soycorredor.es
"Corrí mucho antes de aquel primer campeonato checo, en 1945, al que el entrenador Jan Haluza trajo a Zatopek" | soycorredor.es

Corrí por dinero. Desde siempre. “Mira, ahí va, el corredor", decían desde las terrazas del Café del Louvre. He dicho que corrí por dinero. No me interpreten mal. Corría por unas monedas. Hacía una reverencia y unos ejercicios gimnásticos y corría dos, cinco, diez veces, la distancia entre la puerta del café y la esquina con la calle Perlova. Corrí cuando la ciudad era un centro imperial europeo y también cuando el alma de Praga se había convertido en un Golem gigante de barro. Corrí a cambio de unas monedas viendo cómo la ciudad cambiaba por unas monedas.

Quien tenía unas monedas para mí pudo hacer que corriese por él por las avenidas adoquinadas y sus raíles de tranvía. Jiri, uno de los porteros del Banco Hipotecario, levantaba la mano riendo y gritaba: “¡Ahoy, corredor!". Y yo regresaba por Národní hasta el Louvre. Ahí, los escritores del café me premiaban. He visto a los grandes soltar hasta dos coronas. El gran Kafka, nuestro escritor, me pedía que diese dos vueltas más. Debo decir que siempre lo pidió con respeto, con aquel aspecto enfermizo. Hay monedas en Praga que no han ido y vuelto tantos kilómetros como yo.

Corrí paralelo a los tanques que venían de aquel imperio de la locura hasta el cruce con Celetna.

He corrido desde los años del emperador Francisco hasta los primeros atascos de los nuevos automóviles. Dejé el colegio y mi hogar mucho antes de la proclamación de la República Checa. De niño llevaba cajas de fruta por todo Praga, a toda velocidad. Corrí con cada presidente y corrí cuando ardió el edificio donde vivíamos, un bloque gris que remachaba una calleja sin salida en mitad del gueto.

Vi pasar por Národní las tropas alemanas en su entrada de 1938. Corrí también entre aquellos sorprendidos soldados. Uno me tiró una moneda como si me conociera de toda la vida. Mi madre era judeoalemana y antes de abandonarnos, sumida en su terrible depresión, nos enseñó a ser corteses con los soldados imperiales. Corrí paralelo a los tanques que venían de aquel imperio de la locura hasta el cruce con Celetna, que pronto cambió su nombre a Zeltnergasse pero seguía llena de sonidos de Bohemia.

Corrí para dar noticias de aquellos amaneceres y corrí entre figuras humanas petrificadas porque Dios, finalmente, había decidido detener el tiempo en aquel cuento.

“Rápido, schnell, corredor", repitieron los soldados abrigados con capote muchas noches de fusilamiento de 1939. Y arrojaban alguna moneda, como si en aquellas piezas fuera una parte de culpa de la que se despojaban. Y corrí un 29 de marzo de un lado a otro del río Moldava buscando al Jaromir Hladík de un cuento que Jorge Luis Borges aún no había llegado a escribir. Iba a ser un cuento de un escritor al que fusilarían por judío y que, encerrado en la comandancia, rezó fuerte para pedir a Dios que detuviera el tiempo y le permitiese completar su pasión por la literatura antes de ser asesinado.

Corrí para dar noticias de aquellos amaneceres y corrí entre figuras humanas petrificadas porque Dios, finalmente, había decidido detener el tiempo en aquel cuento. Corrí mucho antes de aquel primer campeonato checo, en 1945, al que el entrenador Jan Haluza trajo a Zatopek, que venía de ser zapatero.

Pero yo ya llevaba tiempo sin correr. Había dejado de ser una leyenda. Ya no era más que un personaje inventado y un símbolo de los fabulosos locos que buscan unas monedas haciendo cualquier cosa en cada una de las ciudades del mundo. Los locos de los que se ríe la parte cuerda de la Humanidad. Esa, enloquecida sin saberlo.