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Hace unos días, paseábamos mi mujer y yo y nos llamó la atención una persona que trotaba. A lo lejos vimos una chica que iba demasiado rápido para caminar, yendo como iba con un paraguas en la mano. En efecto, terminamos cruzándonos con ella y sí: corría mientras enarbolaba un paraguas. Llovía, vale. Trotaba vestida de negro, con mallas piratas de corredora de otoño y llevaba gafas. Quizá esta fuera la razón última de su hábito. Quizá no fuese un hábito, sino que se había quedado sin lentillas, o que odia ponerse una gorra para hacer deporte, que salió a probar un paraguas que había comprado antes de meterlo bajo tormentas o chuzos de más calado (llovía moderadamente poco, la verdad), o que se lo encontró y lo enarboló como si fuera la libertad guiando al pueblo de Delacroix. Ahí iba ella, a quien el asunto debía parecer de lo más lógico.
Y pensé que esto es muy cierto. Corremos como pensamos, de continuo y arrastrando nuestros principios. Pocas actividades reflejan tanto nuestro lado primate como esta afición tan refleja y tan poco reflexionada. De tener que presumir de algo, creo que yo presumiría de practicar un deporte en el que me puedo llevar mis taras como cuando te levantas de la cama y arrastras las sábanas adheridas a ti mismo. Se corre como se vive. No existen intermediarios entre nuestro yo y el deporte más sencillo del mundo. El despistado corre mirando a las musarañas y pierde el hilo de la rutina que iba a hacer. Tendrá que mirar donde lleve apuntado el itinerario o hacer memoria de la sesión que se había prometido. La inseguridad del obsesivo hará que salga a correr con la certeza de que, por mucho que compruebe si su pulso es correcto, que lleva bien apretados los cordones (quizá demasiado, quizá poco), se escapa de su control el bien que el ejercicio pueda ejercer sobre su organismo. El imbécil correrá despreciando a aquellos a quien adelante a un ritmo superior. La simpática saludará siempre. Alguien serio y sistemático llevará la mirada fijada aproximadamente un metro por delante de sus zapatillas, bajo un ceño ligeramente fruncido. Apuesto lo que fuera que una musicóloga trota descubriendo semejanzas entre las notas de la música nocturna de las calles de Madrid, de Boccherini, y el rítmico ruido de sus zapatillas.
Se corre como se vive. No existen intermediarios entre nuestro yo y el deporte más sencillo del mundo.
¿Seríamos capaces de salir a hacer deporte con un disfraz diferente? ¿Sabríamos forzar método y academia en nuestra manera de correr como si fuésemos otros? ¿Existe la posibilidad de que alguien con severos problemas con la autoridad, indómita y rebelde, consiguiese correr siguiendo dócilmente un entrenador, que un simplón corra tramando complejos circuitos y rutinas? Dejadme creer que no. Después de ver gente correr durante medio siglo, creo que el trote nos sale de tan dentro que es muy difícil disociarlo de nosotros mismos. Me cuesta imaginar que podamos domar nuestra parte íntima a base de kilómetros. Quizá otro deporte de equipo integre a los ariscos, moldee a través de aprender nuevos reglamentos, o consiga de un egoísta que juegue siendo un poco menos chupón. Pero esa cosa automática de la zancada, el trote simple, de tan ancestral que es se me hace casi imposible de imponer. Llamadme determinista si queréis. Aprenderemos a correr bien, haremos ejercicios de técnica de carrera. Ay, sin embargo, el momento en el que descuidemos la guardia: dos millones de años se nos echarán encima y volveremos a correr como nos enseñó la senda de nuestra evolución. Un todo, cuerpo y cabeza, herencia genética y momento, hará que el nervioso, la maniática, el pánfilo y la estúpida troten como lo que son. Probablemente es porque todos corremos, tan contentos, con nuestro paraguas: cada uno con una personalidad a la que le sienta estupendamente este ejercicio, que tan poquito pide.





