Ha tenido que ser una pandemia...

Un texto imprescindible de Luis Arribas, que nos baja al mundo real

Luis Arribas

Pasear de la mano, sentarnos al sol en la hierba... / Foto: Bárbara Sánchez
Pasear de la mano, sentarnos al sol en la hierba... / Foto: Bárbara Sánchez

He puesto en un papel lo primero que haré en cuanto nos den libertad para movernos por la calle. Entre las primeras seis cosas no figura salir a correr. Es una lista, ya digo, muy personal. Correr está colocada la novena. Y mi otro yo, el yo-corredor, me regaña. Y le replico que a qué ha venido a opinar. ¿Qué aporta? ¿Se cree que es el único otro yo que se queja? Creo que piensa que están, por un lado, el mundo productivo y luego ya él, que agrupa el resto de mundos. 

Absoluta y totalmente en serio: quienes escribimos sobre el correr, ¿qué aportamos a esta situación de encierro? Me imagino esos otros ‘yo’, que tienen que estar de uñas. Tan callados ellos, el otro yo de mantenerse fiel a la pareja, el de escuchar a un padre anciano, el de poner plato y postre cada día sobre la mesa. Callados. 

Abrir una página en blanco o un tuit pero no para escribir de cosas que llevamos grabadas a fuego desde que crecimos. Peleamos a muerte sobre eventualidades como la situación política, el comportamiento de los demás y sobre salir a correr. Escribimos sobre algo coyuntural. Nos gobiernen patanes o héroes, siempre tendremos que querer a nuestros hijos o acudir al trabajo. Habrá que rellenar la nevera. Entrenemos o no, nos suspendan carreras o podamos dejarnos los tendones en ellas, habrá que seguir saludando a tu frutero y dando gracias a la salud de los nuestros. Agradecer que no vivimos en un entorno asolado por las hambrunas o las guerras. Pero no lo vemos o contamos.

Por supuesto que vivimos en países en los que lo cotidiano es amable, y que hay un cierto cobijo cuando llegan las dificultades. A lo mejor es por eso por lo que podemos dedicarnos a escribir sobre nimiedades. Los detalles más silenciosos son los que están más o menos definidos. Y sobre ellos no solemos escribir. Los consideramos que están ahí porque nos los hemos ganado en algún momento de la Historia. Son un derecho adquirido. Y entonces pasamos a que se oiga a nuestro yo más chirriante. Escribimos sobre lo cruciales que son los cinco metros de distancia entre corredores, la salpicadura del sudor y su interpretación en Gran Bretaña o en Bélgica. La necesidad de correr por el pasillo o en el jardín. De emplear qué menos que dos horas diarias al ejercicio. Dos horas de veinticuatro. Apenas una doceava parte del día se la llevan nuestra energía periodística y la bilis en las redes. Porque hemos escogido nuestro público. Eso creemos, embistiendo orgullosos al mismo peto.

¿Es eso lo que aportamos a gente que está a dos dedos de quebrarse mentalmente? ¿Es nuestro papel el de echar más leña al fuego? Publicamos columnas que animan a resistir, más allá de la dependencia fisiológica o el oficio. Es posible que no estemos haciendo más que alimentar una adicción mientras abandonamos las necesidades básicas. Porque pocos aquí somos profesionales del deporte. Quizá hayas optado por incluir en tu TL a muchas grandes figuras del atletismo y creas que el planeta es ese. Que el mundo del correr está al borde del colapso y, por tanto, todo está al borde de ese colapso. Y lo cierto es que sólo has construido una imagen parcial llena de adictos a las endorfinas. Drogas baratas de conseguir y que tapan sus otros hábitos, tan silenciosos que no merecen discusión o debate.

En la lista que mencioné al principio están pasear de la mano con mi mujer, sentarme al sol en la hierba, y bajar a tomar café con mi padre y mi hermana. Está sentarme a la mesa con la absoluta tranquilidad de que nadie, por idiota que sea, está corriendo de tienda en tienda porque los alimentos han sido saqueados por idiotas semejantes a él. He escrito también esto: que quiero saber urgentemente que se van arreglando las dificultades financieras de mis allegados. He escrito sobre necesidades vitales como la de llevar a mis hijos a lavar el coche y salpicarnos agua y romper algo. Poder romper un cristal de las gafas, un pantalón, una cacerola. Y que deje de ser un cuidado angustioso que no haya dónde preguntar, dónde comprar. Un poco más abajo está quedarme hasta las mil hablando de la vida con una lista de amigos. A muchos me une, cierto, que nos conocimos por disfrutar de correr. Espero que las conversaciones giren hacia todo lo demás. Tras semanas enteras sin vernos la cara será tiempo de comprender si hay algo más que nos mantenía como amigos.

Hemos errado en contar por ahí sobre la soledad del corredor. Lo hemos hecho casi todo mal. El que si uno quiere, puede. Puede, a pesar de que muchas de las circunstancias de los demás decían que quizá no necesitábamos correr sino hablar con alguien. O respirar hondo. Los escritores nos emperramos en que había que promocionar y quemar el entorno. ¿En serio nadie alzó la voz en contra?

Empezar a correr fue para muchos una decisión individual, se piensa equivocadamente. En general fuimos menos aventurados y nos dejamos convencer. O puede que fuera una decisión impuesta cuando éramos niños. No. Quien corre no es uno, como solíamos decir. Corremos cuando todo lo demás nos deja, cuando todos nuestros allegados cuadraron sus respiraciones y sus paseos. Contemos que correr es la guinda azucarada que comemos sobre el pastel del mundo. Que coger un cuenco lleno de guindas y devorarlas ciego de gula es incorrecto y triste. Y ha de ser así. Ha tenido que llegar un virus para mostrarnos que no teníamos ni puta idea.

 

¿Cómo ve su pareja a nuestro Luis Arribas cuando aparece ante ella vestido de corredor?

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